El 23 de julio de 1999 estaba con mi padre de vacaciones en el pueblo. Yo tenía 18 años, como aquellos jugadores que ganaban a EE.UU. en el Mundial Junior de baloncesto. Recuerdo vibrar con ese partido y decirle a mi padre: «Estos chicos me caen bien». Y desde entonces les he hecho un hueco en mi agenda. Llevo 21 años siguiéndoles. No he dejado de disfrutar con sus hazañas y soñar con el oro que nos quitaba EE.UU. en cada final olímpica. No importaban los madrugones. La emoción de acompañar a Gasol y compañía merecía la pena.
Existe otra familia que muchos llevamos en el corazón. Sus hazañas son la de nuestra generación. Esos niños de los 80 que representan la solidaridad, la diversión y el compañerismo de esas pandillas de antaño.
En tiempos de coronavirus, observar su unión, cercanía, espíritu de lucha, responsabilidad compartida, amabilidad y su educación reconforta. Da gusto oírles hablar. Son enormes. Y sus refranes son más poderosos que el mejor de los libro de autoayuda: «Ey, chipirón, todos los días sale el sol…».
En tiempos de arquetipos desfasados, propongo un nuevo arquetipo a imitar. Los Gasol y compañía. También incluyo a los brillante jugadores de balonmano, los Hispanos liderados por Raúl Entrerríos.
Si se pudiera medir la felicidad en instantes, algunos de nuestra vida estarán ligados a vuestro sudor y esfuerzo. Gracias por hacer tan bien vuestro trabajo y por saber transmitirlo.