Avenida Disney

Miguel-Anxo Murado
Miguel-Anxo Murado VUELTA DE HOJA

OPINIÓN

ED

11 jul 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

En Afganistán, la calle principal de la base aérea norteamericana de Bagram se llamaba avenida Disney. No era un homenaje a Walt Disney sino a un tal soldado Disney, muerto en un accidente laboral, pero el nombre añadía un punto de irrealidad a este no-lugar que resume los sueños y pesadillas de la intervención extranjera en ese país. Y no solo de la norteamericana, porque Bagram había sido ya la base de las tropas de ocupación soviéticas en la década de 1980. De allí despegaban los helicópteros Mi-24 que los campesinos afganos derribaban con misiles portátiles de última generación transportados en burros. Luego, cuando los rusos se fueron, muyahidines y talibanes se pasaron varios años disparándose de un extremo a otro de la pista de aterrizaje, disputándose ese despojo simbólico. Hasta que volvieron los norteamericanos. Volvieron, porque aquella pista la habían construido ellos en la década de 1950, cuando Afganistán era una monarquía liberal y recibía ayuda técnica de Washington.

El sueño de redimir Afganistán, a veces cínico y a veces noble, es repetitivo y acaba siempre mal. Quizá en un solo sitio lograron los norteamericanos cumplirlo, y fue precisamente en esta base de Bagram, que llegó a convertirse en una pequeña ciudad del Medio Oeste, con su Burger King, su Subway, su Pizza Hut, gimnasios, salón de belleza, piscinas, dos cines y un supermercado que vendía desde tabaco de mascar a ordenadores. Y su avenida Disney, por la que entraban los soldados, los asesores, los intérpretes y los periodistas; y por la que salían, alineados y cubiertos con la bandera, los féretros de los soldados caídos. Durante el día la poblaban atascos de carros de combate y furgonetas de repartidores, y por la noche se interrumpía el tráfico para que la recorriesen cientos de militares haciendo running y midiendo sus pulsaciones con sus iphone. A su alrededor surgió otra ciudad afgana de 80.000 habitantes, que vivía de la chatarra que se descartaba constantemente en la base. Llegó a haber cientos de talleres metalúrgicos en los que se reciclaban desde piezas de coches blindados a cintas de correr, y donde los chatarreros podían hacer hasta 4.000 dólares al mes. En inglés se llama Boom town a un lugar que se hace próspero de repente. Bagram lo era en más de un sentido: con monótona regularidad, estallaban en alguno de sus tres anillos de seguridad las granadas de mortero y los coches bomba.

La semana pasada, tras veinte años, los norteamericanos se dieron por vencidos y abandonaron Bagram. Enfilaron la avenida Disney y abordaron los aviones de transporte en medio de la noche. Antes de irse, literalmente, apagaron la luz, y el corte del suministro eléctrico fue la señal para que los saqueadores asaltasen la base. A lo lejos, los talibanes se han puesto en marcha. A media mañana, la avenida Disney estaba cubierta de todo lo que las tropas habían dejado y que los saqueadores habían revuelto: decenas de miles de botellas de agua y bebidas energéticas, cinturones rotos, móviles estropeados, neveras, perchas, ropa, aparatos para hacer gimnasia, incluso vehículos civiles sin las llaves; también novelas, revistas de viajes, diccionarios inglés-pastún-inglés... Diríamos que los restos materiales de una cultura. Muchos siglos atrás, allí mismo, en Bagram, Alejandro Magno había fundado la ciudad de Alejandría en el Cáucaso, que pobló con mercenarios macedonios para introducir la cultura griega en Afganistán. De aquella ciudad apenas queda más que una inscripción en una moneda guardada en un museo. Al cabo del día, tampoco quedaba nada en la avenida Disney.