¿Es tan mala nuestra clase política?

OPINIÓN

E. Parra. POOL

05 jul 2021 . Actualizado a las 13:33 h.

Es extraño que, en una democracia de calidad, con un sistema electoral muy fiable, la clase política resultante sea considerada una plaga de extraterrestres, o el problema más grave de cuantos se acumulan en nuestro enrarecido país. Más extraño resulta, aún, que esta mala opinión se extienda por igual a la oposición y al Gobierno, como si un destino fatal nos quisiera convencer de que «ni con estos ni con otros / tienen los males remedio». E incluso me parece que, en el colmo del esperpento, algo patológico debe haber en que, tras la histórica diarrea electoral que se desató en España a finales de 2015, que nos dio cuatro oportunidades directas para rectificar, los mismos españoles que hemos votado de forma contumaz a favor del atrabiliario frentismo que padecemos, lleguemos ahora a la conclusión de que hemos elegido al mayor rebaño de maulas que ha gobernado el país en los últimos siglos.

Los datos, claro, no puedo negarlos. Porque, además de estar confirmados por series continuadas de encuestas, he tenido la oportunidad de participar en un foro de análisis en el que se apuntó la paradójica conclusión de que, si bien es cierto que la clase política estatal es un desastre sin paliativos, la peor -dicen- desde la Transición, está surgiendo en las autonomías otra clase política, más seria y con mejores trazas, que, aunque en el limitado marco de sus competencias, gobierna con éxito, conecta mejor con los ciudadanos, y promete mejor futuro. Yo, sin embargo, no estoy de acuerdo con esa interpretación. Porque, lejos de admitir que los políticos salen del bombo, como la lotería de Navidad, y que el gordo solo toca en provincias, prefiero optar por una explicación científica, claramente sistémica, que pone el dedo sobre la llaga correspondiente.

Lo que sucede es que, mientras los electores de las autonomías, muy pegados a su realidad y a la gestión competitiva de sus servicios, han elegido parlamentos gobernables -donde rigen mayorías absolutas, suficientes o coherentes, que gobiernan con normalidad-, el electorado español -que opera sobre un espacio trufado de populismos, experimentos extremos, separatismos, frentismo ideológico, hirientes asimetrías y desajustes históricos- mantiene, desde 2015 un Parlamento ingobernable e imprudentemente fragmentado, donde no existen mayorías para gobernar, aunque sí para enfrentarse, despellejarse y apegarse a un poder que ejercen contra las funciones y la esencia política del Estado.