Una Xunta paradójica

OPINIÓN

PACO RODRÍGUEZ

Una paradoja es un enunciado que contradice las reglas de la lógica, porque relaciona dos afirmaciones que no pueden ser verdad al mismo tiempo. A veces puede usarse como una forma de expresión literaria -era un ladrón muy honrado- que recrea, como si fuese un oxímoron, un significado nuevo. Pero más allá de la literatura, y, sobre todo, cuando nos pasamos al terreno de la investigación, la paradoja es una simple contradicción que destruye lo que afirma. Y eso es lo que le acaba de pasar al Gobierno de Feijoo, que acaba de obtener un aprobado general -porque cuando el único que suspende obtiene un 4,92 se le concede un indulto-, otorgado por unos potenciales electores que, en un 72 %, no son capaces de mencionar por su nombre a un solo conselleiro. Es decir, no los conocen, pero los aprueban.

 Con este brillante resultado, el presidente Feijoo bate dos marcas que mantendrá varias décadas, porque consigue un aprobado general para sus gestores, cuando la norma de España es el suspenso general o casi general; y lo hace con seres anónimos, o perfectos desconocidos, cuyo nombre nadie se atreve citar -porque el grupo del 18 % que conoce a alguien está compuesto por los parientes próximos o lejanos de los conselleiros, que citan por el nombre a su primo, «o meu primo Pepe», por ejemplo-, pero no recuerdan qué cartera ocupa. Y el 10 % que falta son los que nunca saben nada ni conocen a Messi.

Sin dudar de los datos, que no dudo, ni recoger velas sobre lo dicho, que tampoco, hay que decir, sin embargo, que esto se veía venir, y que, lejos de apuntar hacia un bajo nivel de la cultura política de los gallegos, nos muestra ante el mundo como paradójicos adelantados, o exploradores, de las políticas que estamos creando, en las que las realidades más evidentes son arrolladas sin miramientos por las apisonadoras mediáticas, por los relatos primarios, o por las flagrantes fake news -aunque no creo que este último mecanismo, el de la falsa noticia, sea la clave del dato que comentamos-.

La explicación es esta: en un sistema político tan mediático y tecnificado, la clase política pierde peso -cualquiera vale ya para ministro- y queda sustituida por liderazgos absolutos y singulares, que acaban gobernando como los déspotas ilustrados, o los antiguos sátrapas, que llevaban en sus cabezas el gobierno de sus imperios. Y, en tales circunstancias, los ciudadanos no pierden el tiempo analizando gestores secundarios o burócratas, y, con independencia de lo que se les pregunte, aprueban o suspenden a sus líderes, sin despeinarse, pensando en su jefe. Por eso reparten las notas a voleo -con notable para la pesca, que es cosa muy gallega, y aprobado para el empleo, que es un fracaso mundial-.

Y lo que queda de fondo es la pura verdad: que el sobresaliente es Alberto Núñez, que obtendría, si las elecciones se celebrasen hoy, otra mayoría absoluta. Y todo lo demás queda para los expertos, que cobran por acentuar y destacar las virtudes y poderes del único que gobierna.