La pendiente resbaladiza de la eutanasia

Cartas al director
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OPINIÓN

Cézaro De Luca

Un grito de ayuda

Hace unos días, el doctor Joaquín Escribano, nefrólogo pediatra, coruñés de origen y que ejerce como director de la especialidad en un hospital de Cataluña, manifestaba que la intención de adelantar la muerte era un grito desgarrador de ayuda. Y así me parece que es y que, por tanto, no viene a ser solucionado o atendido por la eutanasia y/o el suicidio asistido. Una y otro implican más bien una manera expeditiva, aunque voluntaria, de dar por concluida una situación de angustia y de miedo personal ante el dolor y el padecimiento insoportable en la fase terminal de la vida. En teoría, eutanasia y cuidados paliativos no son prácticas excluyentes, sino que pueden convivir con normalidad. Pero no es menos cierto que cuando un paciente recibe el cuidado integral oportuno no vuelve a urgir el adelanto de la muerte.

Además, la experiencia dice también que la eutanasia se comporta como una pendiente resbaladiza: cuando empieza, no se sabe cómo y dónde va a terminar. O lo que es lo mismo: que se descontrola allí donde se aplica. En la actualidad, en Canadá, por ejemplo, está sobre la mesa su aplicación también a los enfermos mentales. Marcos Ferreiro Torres. A Coruña.

La eutanasia que llega

Al socaire de la pandemia del coronavirus, sin apenas debate social y revestida con una falsa bata blanca, ha tomado la eutanasia aposento legal entre nosotros. Al igual que sucediera con la aprobación de otros avances progresistas, la explotación emotiva de unos cuantos casos estrella fueron propiciando un ambiente favorable a considerar que la salida más digna para enfermos con graves padecimientos era permitir la eutanasia.

Y con su aplicación sucederá lo de siempre: primero la «disfrutarán» las escasas personas que la soliciten, después se ampliará a quienes no puedan pedirla, pero lo hagan sus familiares; y ya más adelante, flexibilizados los casos y las garantías, la mayoría de viejos y enfermos graves serán percibidos como una insostenible carga familiar y social cuyas innecesarias vidas solo generan gastos.

Si acabó normalizándose algo tan tremendo como es matar a los hijos antes de nacer, ¿cómo no iba a triunfar en una España que nos han endeudado hasta el tuétano la «dulce y compasiva» muerte de los que ningún beneficio económico puedan aportarnos?

Pese a todo, benditos sean los que tan sacrificadamente siguen ocupándose de cuidar a ancianos y enfermos, porque son el mejor ejemplo de nuestra herida y doliente humanidad. Miguel Ángel Loma Pérez. Sevilla.