La alta política que desvela Eurovisión

Antonio Obregón García EN LÍNEA

OPINIÓN

María Pedreda

26 may 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Eurovisión es mucho más que un concurso audiovisual. El festival adquiere dimensiones también políticas y económicas y, en los últimos tiempos, académicas, pues constituye un expositor único de tendencias y acontecimientos sociales. Sin reposar aún del todo la magnitud del certamen, podemos repasar brevemente algún dato revelador de la edición del 2021.

Ante todo, deben destacarse las ausencias del festival. Entre ellas nos encontramos la de Turquía, voluntariamente apartada de Eurovisión desde el 2013, coincidiendo con su alejamiento progresivo de la Unión Europea. Hungría tampoco participa desde hace unos años, en una clara manifestación de escepticismo respecto a la actual concepción predominante acerca de los valores europeístas. Armenia ha renunciado a intervenir a consecuencia de la guerra con Azerbaiyán, conflicto que tradicionalmente se refleja en el resultado de las votaciones. Y Bielorrusia ha sido descalificada por presentar una canción de mensaje político de apoyo a su cuestionado presidente Lukashenko.

De nuevo, las afinidades culturales se han trasladado a determinados patrones de votación, en el que el país con mejor propuesta de cada bloque concentra gran parte de los votos del mismo: en este caso, Islandia el voto nórdico, Serbia el balcánico y Francia el del sur y occidente europeos.

Pero las conexiones políticas normalmente no explican los mejores resultados. Así, la victoria de Italia está cimentada curiosamente en el predicamento alcanzado en el televoto de estados del este europeo; y el podio está completado por otros dos países fundadores de Eurovisión, lo que representa un indicio de que los factores artísticos siguen siendo predominantes en el triunfo. Eso sí, para hacerlos valer hay que tomarse el festival en serio. Mientras debatimos sobre controvertidas imágenes del festival (ilusorias o no), tal vez conviene cobrar conciencia de que un programa que arrasa en audiencias, principalmente las juveniles, y que a su vez es un instrumento de «diplomacia cultural», merece presentar candidaturas cuidadas integralmente: desde la elección de la composición, pasando por la producción y promoción de la canción, y llegando a la puesta en escena; quizá sea esta la conclusión que deba extraer España, sin volver a justificar fracasos en ficticias conjuras.