El juego de azar toma su nombre de un castillo sirio conocido como Azz-har que, al ser asediado durante largo tiempo por los primeros cruzados -allá por el siglo XII-, hizo que los combatientes de ambos bandos confraternizasen jugando a los dados (como en La Vaquilla de Berlanga). La afición del ser humano por los juegos, sin embargo, se pierde en la noche de los tiempos. Los egipcios jugaban a los dados. El Corán prohibió los juegos de suerte. El Talmud considera que las ganancias del juego equivalen al producto de un hurto.

Se dice que varios emperadores romanos, como Augusto, Calígula, Claudio o Nerón, fueron jugadores empedernidos. El juego de naipes llevó Felipe III a alterar su horario de gobernanza, algo que cortó su valido, el duque de Lerma, al comprobar las enormes pérdidas económicas que estaba generando; y algo parecido le ocurrió al conde Sandwich, que dio nombre al tentempié porque era lo que comía para no interrumpir el juego.

En los últimos días de la campaña electoral madrileña que hoy se dirime se ha desarrollado un nuevo juego de cartas que no utiliza naipes ni dados, sino anónimos amenazantes por carta postal, cuyo objetivo es el mismo: ganar o perder... las elecciones.

Un juego donde cada jugador ha utilizado la carta más salvaje, no solo para intentar amedrentar al enemigo, sino al elector. Así han conseguido despertar fantasmas, generar apoyos y rechazos, sembrar dudas y encubrir tácticas deleznables que solo han aportado crispación. Una torpeza estratégica.

No hay peor amenaza para un político que su pasado. Más efectivo a la hora de desarbolar al contrincante hubiera sido mandarle una carta con un escrito en letras recortadas que dijera: «Lo sé todo». Adjuntando, eso sí, dentro del sobre, un percebe y una vacaloura disecados. ¡Qué miedo!

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Juego de cartas