Lo ocurrido en la campaña electoral de Madrid es bastante fácil de explicar. El jueves, 11 de marzo, Isabel Díaz Ayuso dejó caer que su eslogan podría ser «socialismo o libertad». Aunque a los cuatro días lo cambió por «comunismo o libertad» porque Pablo Iglesias dejó el Gobierno para competir en las elecciones, fue recibido en el PSOE como un tortazo: se le presentaba como antítesis de la libertad. En la primera reunión del equipo electoral se dijo: si ese va a ser el eslogan del PP, nosotros opondremos el de «libertad o extrema derecha». Pasó un mes, Ayuso dejó en los carteles solamente la palabra «libertad», pero quedó clara la idea-fuerza: había que atacarla por el flanco débil, que era la extrema derecha.
Pasaron también las encuestas, el PSOE no mejoraba y Unidas Podemos, cuyo líder había abandonado la presidencia para salvar al partido, empezó a ver con alarma unos pronósticos muy negativos, con el añadido vergonzante de que Más Madrid y su líder, Mónica García, le arrebataban protagonismo e imagen. La idea de abrir combate con el fantasma de la extrema derecha solo necesitaba esperar el momento oportuno. Y ese momento se lo regaló Vox con la desmesura injustificable de no condenar el envío de balas. Iglesias, con una enfermiza tendencia al victimismo, se agarró a la idea socialista: «Esto va de democracia o fascismo», se oyó el sábado en un mitin de Gabilondo. «Fascismo o democracia» será la canción que se escuchará hasta el 2 de mayo en los mítines de PSOE, Unidas Podemos y Más Madrid, que ya funcionan como una candidatura única, como el Tres en Uno o el misterio de la Santísima Trinidad.
La izquierda así oportunamente agrupada cuenta con el aliento de la prensa llamada progresista. En sus titulares y en sus columnas de opinión o editoriales envía a los «demócratas» (los fascistas, por supuesto, no lo son) el mensaje de que han encontrado el discurso, que así se pueden ganar votos y que hay que combatir a los fachas de Vox. Metidos en esa ofensiva que parece salvadora, la izquierda entra en un período de exaltación que hasta ahora conoció dos momentos cumbres: uno, cuando Pedro Sánchez se desdijo de los elogios al sentido de Estado de Abascal por permitir la aprobación del decreto de los Fondos Europeos y pasó al ataque brutal de llamarle «peligro para la democracia» y anunciar que es la «última línea que pasa», como si fuese a proceder a la ilegalización de Vox. El segundo, cuando Grande-Marlaska, ilustre juez de profesión, llamó al Partido Popular «organización criminal».
La ofensiva va en serio. Como operación política puede ser incluso inteligente. Pero con el gravísimo riesgo del que venimos avisando: el lenguaje y las formas no son de este tiempo. Son de los años 30 del siglo pasado. Empezando, tristemente, por la llegada a nuestra política de los gestos, las palabras y las acciones de rencor.