Para sorpresa de propios y extraños suelo decir a quien me pregunta que lo mejor de Galicia es Madrid. Y, lejos de ser una boutade oportunista, es la constatación de un afecto devuelto a la ciudad que ha sido mi lugar de acogida.
No me pidió nada a cambio y me regaló su cosmopolitismo, sus respuestas profesionales sin preguntas previas y el aire de libertad que siempre definió su comportamiento urbano.
Pero de un tiempo a esta parte quienes vivimos en Madrid estamos siendo objeto de una agresión colectiva que nos sitúa en el centro de la diana de lo que se ha dado en llamar madrileñofobia, y que nos convierte en víctimas de una madrileñitis que encierra un profundo desprecio por quienes residimos en la capital del Estado.
Somos invasores por acudir a nuestras segundas residencias en los pueblos donde hemos nacido y que amamos profundamente. Nos acusan de portadores de esta enfermedad maldita que «propagamos» a lo largo de España, nos rayan los coches y nos piden el carné de identidad a la entrada de los supermercados para «cazar al madrileño» que ha osado volver a la costa, en donde tiene su otro hogar y su memoria de pueblo completamente intacta.
Este fenómeno se ha extendido a las ciudades de Levante, a la costa cántabra y asturiana, a gran parte de Andalucía, y por supuesto a mi amada Galicia, donde quienes vivimos en Madrid comenzamos a ser forasteros.
El covid ha magnificado este sentimiento que está afianzando una xenofobia primaria y altamente peligrosa, dividiendo sentimientos que creíamos de extrema hospitalidad que ya estaban consolidados, entre españoles donde nunca se levantaron las fronteras imaginarias del odio.
Madrid tiene cinco millones de habitantes (siete su comunidad uniprovincial), casi tres veces más que Galicia, es una ciudad abierta y escasamente provinciana y a este síndrome del madrileño errante se unió una nueva fobia personalizada en su presidenta, Isabel Díaz Ayuso, convertida en una especie de Juana de Arco, de Agustina de Aragón o María Pita, empeñada en mantener abiertos bares y restaurantes mientras permanecían cerrados en la mayor parte de las autonomías hispanas. La acusan nada menos que de fomentar los contagios y, para colmo, de convocar, adelantándolas, las elecciones que posiblemente resulten una barrera al Gobierno de la nación impidiendo que gestionen Madrid.
Pero las fobias de Madrid no son exclusivas, se parecen mucho al nuevo síndrome que recorre Europa, a la parisienfobia que ha puesto a la Bretaña francesa en contra de los parisinos que se van a la costa para «ponerse a salvo» de la pandemia.
No somos nada originales.