¿El PP, partido de la libertad?


Se imaginan un país en el que los casados no se pudieran divorciar, las mujeres no pudieran abortar, las personas del mismo sexo no se pudieran casar y los enfermos desahuciados no pudieran elegir morir dignamente? Este país sería España si hubieran triunfado las tesis del PP (en el primer caso, de su antecesora, AP). Habrá quienes, por sus convicciones católicas o por otros motivos, estén convencidos de que ese país que niega derechos que no obligan a nadie sería mejor. Lo que es indudable es que sería muy diferente y lo que dicen las encuestas es que esos avances cuentan con el respaldo mayoritario de los españoles. La pregunta es: ¿puede una organización política que defendió y sigue defendiendo (como en el caso de la eutanasia) recortar derechos, y que incluso impugnó algunas de esas leyes ante el Tribunal Constitucional (llegó a recurrir hasta la Ley de Igualdad), autoproclamarse el partido de la libertad? No parece. Dos frases pronunciadas estos días por altos dirigentes del PP mueven a la reflexión en el mismo sentido. La primera es de Isabel Díaz Ayuso, que dijo que el fascismo «es el lado bueno de la historia». Seguramente lo afirmó para ridiculizar a quienes llaman facha a todo el que no es de su cuerda, pero la ínclita presidenta de Madrid debería saber que con eso no se juega, que es algo muy serio. La segunda pertenece al secretario general, Teodoro García-Egea, que aseguró que el vergonzoso transfuguismo al que hemos asistido en Murcia es «dignidad». ¿Se puede banalizar con el fascismo? ¿Vale todo en política para mantener el poder? Las respuestas son no, pero, desgraciadamente, una gran parte de la sociedad permanece indiferente ante esas declaraciones y hay incluso quienes las aplauden.

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