Maternidad frustrada, fracaso social

Antonio Izquierdo Escribano FIRMA INVITADA

OPINIÓN

María Pedreda

16 mar 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

No soy natalista, es decir, no me muestro partidario del crecimiento incesante de la población. De modo que no me lamento porque no haya muchos nacimientos, pero sí que me rebelo contra la frustración de la maternidad. Dicho sin adornos: las parejas tienen menos hijos de los que quisieran, simple y llanamente, porque no pueden tenerlos. Y ese déficit de autorrealización y de felicidad está midiendo la talla del fracaso en el funcionamiento de nuestra sociedad. Cuanto mayor sea la distancia entre el número de hijos deseado y el realizado, mayor es la grieta social. La maternidad se encuentra ahogada por el mercado y asfixiada por el goce individual.

En plata, el desplome de la fecundidad en la pandemia era previsible. Nos falta saber el grado de ese hundimiento porque aún falta tiempo para que la pandemia sea superada en todas sus consecuencias. La tendencia a la disminución del número de hijos por mujer viene de muy atrás y, en esencia, se explica por lo quebradizo del compromiso familiar, la escasez (y fragilidad) del empleo y por el retraso de los jóvenes a la hora de tomar las riendas de su vida. Hay más razones, pero esas tres dan cuenta, más que suficiente, del vacío de fecundidad.

La inestabilidad de las uniones denota la superficialidad de nuestros compromisos con los demás. La fragilidad de los emparejamientos es una cuestión de expectativas y de realidades. Lo es, por tanto, de valores, porque vivimos un presente de flojera en cuanto a las renuncias que entraña la vida en común. Sostener la prole implica renuncias y supone deberes, más aún, cuando se desarrolla en el marco de la igualdad. En estos tiempos que vivimos, la cultura de la demora en las satisfacciones casi ha desaparecido.