Maternidad frustrada, fracaso social


No soy natalista, es decir, no me muestro partidario del crecimiento incesante de la población. De modo que no me lamento porque no haya muchos nacimientos, pero sí que me rebelo contra la frustración de la maternidad. Dicho sin adornos: las parejas tienen menos hijos de los que quisieran, simple y llanamente, porque no pueden tenerlos. Y ese déficit de autorrealización y de felicidad está midiendo la talla del fracaso en el funcionamiento de nuestra sociedad. Cuanto mayor sea la distancia entre el número de hijos deseado y el realizado, mayor es la grieta social. La maternidad se encuentra ahogada por el mercado y asfixiada por el goce individual.

En plata, el desplome de la fecundidad en la pandemia era previsible. Nos falta saber el grado de ese hundimiento porque aún falta tiempo para que la pandemia sea superada en todas sus consecuencias. La tendencia a la disminución del número de hijos por mujer viene de muy atrás y, en esencia, se explica por lo quebradizo del compromiso familiar, la escasez (y fragilidad) del empleo y por el retraso de los jóvenes a la hora de tomar las riendas de su vida. Hay más razones, pero esas tres dan cuenta, más que suficiente, del vacío de fecundidad.

La inestabilidad de las uniones denota la superficialidad de nuestros compromisos con los demás. La fragilidad de los emparejamientos es una cuestión de expectativas y de realidades. Lo es, por tanto, de valores, porque vivimos un presente de flojera en cuanto a las renuncias que entraña la vida en común. Sostener la prole implica renuncias y supone deberes, más aún, cuando se desarrolla en el marco de la igualdad. En estos tiempos que vivimos, la cultura de la demora en las satisfacciones casi ha desaparecido.

Los jóvenes están sobretitulados para los papeles que se les asignan en el teatro social. Deambulan por la escena entre el desempleo y el subempleo. Desplegar una carrera laboral continuada parece asunto de otro mundo, y lo que es peor, el mercado de trabajo es tacaño, de modo que lo que te quita hoy, no te lo da mañana. Con semejante realidad no hay materia para procrear y sostener el andamio familiar.

Por fin, las madres en Galicia lo son tardías. En su mayoría se incorporan al precariado, y eso cuando lo consiguen. Quieren tener dos hijos como promedio, pero sin dos salarios (y uno al menos seguro) no pueden cumplir sus deseos. Así, en el mejor de los casos no se llega a tener más de uno. El estado de bienestar es insuficiente para compensar. Me gustaría que las madres que quieren serlo puedan serlo. Y que aquellas que no lo desean no se vean obligadas a ello.

Dicho lo cual, el modelo de población sostenible es el que inspira mi acción pública. No se trata de una población estacionaria (que no creciera, ni decreciera); ni tampoco propongo una población con una estructura por edades y sexo invariable. Sino una población que decide cómo quiere reproducirse y qué combinación es la idónea en cada circunstancia y según los recursos. Si quiere nutrirse con los nacimientos y con la inmigración y en qué proporción. O si, por el contrario, busca decrecer empujando a la emigración y acortando la vida. Ese es el debate.

Por Antonio Izquierdo Escribano Catedrático emérito de Sociología de la UDC

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