Lo nuevo de la distribución sexual


La distribución sexual clásica basada en el binario hombre y mujer está en crisis. Actualmente, la pluralización de los modos de goce, como series que no hacen conjunto, hace problemático establecer categorías y clases como las de masculino y femenino. Las categorías se diluyen por su pluralización ilimitada, y se puede aspirar a una identidad sexual variable en función de la circunstancia y el momento, irreductible a cualquier clasificación.

En las redes sociales más importantes a los usuarios se les ofrecen múltiples posibilidades de identificación de género como las siguientes: intersexo, neutro, andrógino, sin género, género fluido, variante de género, queer, o ninguno. La multiplicación puede llegar al infinito, abriendo subconjuntos. Así, dentro de la renuncia al sexo propia del movimiento asexual, pueden incluirse diversas orientaciones románticas, como la heterorromántica, la homorromántica, la birromántica o la arromántica. Vemos como la lógica basada en el binarismo cede su lugar a una distribución sexual que tiene que ver con el modo de gozar absolutamente particular, lo que puede conducir a que la diferencia sexual llegue a basarse en el caso único.

Debemos al movimiento LGTBIQ (lesbianas, gais, transexuales, bisexuales, intersexuales y queer) transformaciones notables en el discurso y en las prácticas sociales basadas, hasta hace bien poco, en el binarismo heteronormativo. Dentro de esta serie merece una mención aparte la política queer (raro, bizarro, en inglés). El movimiento queer reivindica una diferencia más radical que se sostendría en la práctica particular de goce, postulando una sexualidad performativa por fuera de las categorías hombre o mujer, pero también heterosexual u homosexual. Se defiende así una sexualidad rebelde a cualquier clasificación, a cualquier determinismo. Se reivindica una identidad antimasificación, una ofensiva de los anormales, para que las minorías sexuales se conviertan en multitudes: «El monstruo sexual que tiene por nombre multitud se vuelve queer», tal como expresaba Beatriz Preciado (actualmente Paul B. Preciado). Se trata de una propuesta de desidentificación radical, como cuando Monique Wittig afirmaba: «Sería inapropiado decir que las lesbianas viven, se asocian, hacen el amor con las mujeres, ya que ‘la mujer' no tiene sentido más que en los sistemas económicos heterosexuales. Las lesbianas no son mujeres».

Si el futuro de la distribución sexual pasa por la autodesignación de género de modo flexible y variable, dando lugar a todas las formas posibles de transitivismo sexual, ¿qué sentido tendría hablar de feminismo? Desde aquí se justifica la resistencia del feminismo clásico al movimiento trans, por considerar que difumina la identidad femenina. Pero el riesgo, desde la perspectiva clásica, es caer en el error de pensar que la biología es el destino. Estos temas forman parte del debate entre Carmen Calvo e Irene Montero.

Por Manuel Fernández Blanco Psicoanalista y psicólogo clínico

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