Las colas del hambre


Pronto serán las 7 de la mañana y la cola da la vuelta a la manzana. Frente al edificio de la Cruz Roja, que todavía no ha abierto, centenares de personas esperan que abra dentro de una hora, para recoger los alimentos que distribuye la caridad solidaria. Son las colas del hambre en un país con cuatro millones de parados a los que hay que sumar 900.000 con erte, y mas de 300.000 autónomos sin trabajo. Y donde escriboa Cruz Roja, podía poner Cáritas, o Banco de Alimentos, grupos parroquiales o Padre Ángel, que distribuyen toneladas de alimentos, de productos higiénicos, de ropa entre aquellos que recorren el camino de la exclusión. Son los nuevos olvidados, que cansados de llamar a la puerta de los servicios sociales de la Administración, nutren las colas del hambre, en un país donde casi millón y medio de hogares tienen todos sus miembros en paro.

Al principio eran algunos miles de ciudadanos quienes llenaban sus bolsas con alimentos que la solidaridad ciudadana distribuía puntualmente. Muchos de ellos eran emigrantes sin trabajo; camareros a quienes les cerraron los locales y no han podido resistir con sus mermados ahorros; mujeres, madres con niños, que no tenían nada que llevarse a la boca, y pensionistas mayores que agotaron sus exiguos recursos, parados sin subsidio. A todos ellos se unieron personas de clase media que perdieron su trabajo y su esperanza.

Algunos no saben cómo esconder su vergüenza mendicante. Es la pobreza estructural la que ha irrumpido en sus hogares, es la pobreza energética que se une a la alimentaria; es la amenaza del desahucio por no poder hacer frente al alquiler de la vivienda; es la tristeza vital que se une a la impotencia de no poder salir adelante, de que el horizonte se instale en una inalcanzable lejanía.

Son nuestras colas del hambre, el galope incesante de un jinete del apocalipsis mas cercano que habrá que combatir con una dosis colectiva de solidaridad, que consiga desterrarlas. No estaba en el guion de los descalabros producidos por un país que sufre una parálisis laboral que se está cronificando. Contra el hambre hace falta algo mas que una vacuna, y mientras tanto no podemos mirar para otro lado para no ver esas largas, inmensas, colas.

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