Temeridad o coraje


En medio de una pandemia que ha convertido los vuelos internacionales en algo anecdótico y ha hecho que casi todas las reuniones se celebren en modo virtual, el papa Francisco inicia este viernes una visita a Irak, un país azotado por décadas de dictadura, dos guerras internacionales propiciadas por Estados Unidos y, finalmente, el terrorismo salvaje del denominado Estado Islámico.

Ciertamente, la iniciativa pudiera parecer una temeridad en toda regla. Pero el papa no arriesga su vida por capricho, postureo o chochez. Lo hace para levantar los ánimos de los cristianos de Oriente próximo y, además, sellar una alianza con los musulmanes chiíes similar a la establecida en el 2019 con los suníes. Es decir, lo hace por la paz, la fraternidad y el desarrollo de la humanidad. Es un acto de amor y como tal algo extremo, según lo definió el propio portavoz del Vaticano.

Irak es una tierra regada por la sangre de cristianos, muchos de ellos en los últimos años. El papa quiere estar junto a la gente que ha sufrido y acompañar a los apenas 250.000 cristianos que quedan en la región. Visitará lugares tan emblemáticos del Antiguo Testamento como Ur y Nínive. Pero no lo hará como turista, sino como peregrino de la paz. Siguiendo la estela de su última encíclica, esa que Pedro Sánchez se atrevió a mencionar sin leerla, se trata de poner el foco en la tan necesaria fraternidad universal.

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