Sánchez, Iglesias y el indio


Que Pablo Iglesias no defiende la democracia española, sino que más bien la desprecia, no es algo nuevo, aunque algunos se lleven ahora las manos a la cabeza. Cualquiera que se haya tomado la molestia de leer su tesis doctoral sabe que lo que allí cuestionaba Iglesias eran las manifestaciones pacíficas y la «no violencia» por considerarlas una forma de protesta no solo inútil, sino «patética», en la que la policía, a la que se ataca sistemáticamente en ese trabajo, tiene las de ganar. Frente a ello, Iglesias defendía con pasión las manifestaciones ilegales y violentas que ya se habían empezado a producir en España e Italia. «Se trataba de generar una forma de intervención que fuera a un mismo tiempo conflictiva, generadora de identidad, espectacular, mediática y que además pusiera en dificultades tanto los protocolos habituales de intervención policial como los dispositivos de criminalización empleados por algunos medios de comunicación». Eso decía el doctorando en su tesis, que es un verdadero manual de guerrilla urbana. No sé si les suena de algo o aprecian alguna similitud con lo que está sucediendo ahora en las calles de Barcelona y Madrid. Yo, sí.

Nadie puede extrañarse por tanto de que el partido de Iglesias exprese «todo su apoyo» a quienes queman contenedores y se enfrentan a la policía de forma perfectamente organizada. Él es uno de los que les enseñó cómo hacerlo, en una tesis doctoral sufragada, qué ironía, con una beca de la fundación Caja Madrid. Pedro Sánchez sabía perfectamente quién era Iglesias. Y, por eso, durante un tiempo se resistió a integrarlo en su Gobierno. Pero algún asesor le convenció de ello con el mismo argumento que utilizó el secretario de Defensa norteamericano Robert McNamara para persuadir al presidente Lyndon Johnson de no despedir al taimado Edgar Hoover como director del FBI: «Es mejor tener al indio dentro de la tienda meando hacia afuera que tenerlo fuera meando hacia dentro». La tesis era que, una vez en el Gobierno, Iglesias se integraría en el sistema democrático. Lo que no esperaban es que el indio acabara orinando simultáneamente hacia dentro y hacia fuera. Es decir, que se acostumbrara con gusto al banco azul del Congreso, la silla en el Consejo de Ministros, el chófer y el chalé en Galapagar, pero a la vez disparara contra la democracia alentando manifestaciones violentas desde su despacho oficial.

El problema es que, en vez de ponerle solución, Sánchez ha pasado del dilema de McNamara a una posición similar a la del presidente norteamericano Franklin Delano Roosevelt cuando justificó su tolerancia con el dictador nicaragüense Anastasio Somoza porque favorecía sus intereses. «Sí. Es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta», dijo.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
35 votos
Comentarios

Sánchez, Iglesias y el indio