Una propuesta de reflexión


A medida que las buenas noticias del coronavirus avanzan y tranquilizan, los números de la economía masacrada por el covid fluyen y desalientan. Supongo que en el ministerio de la señora Calviño se están llevando las cuentas de la ruina, y no solo del Estado por su endeudamiento -nuestro endeudamiento-, sino de infinidad de empresas que ven gravemente mordida su cuenta de resultados. Cada día se publican balances del año y muy pocas pueden hablar de aumento de beneficios. La mayoría habla de caídas y no resulta extraño que los mercados estén inundados por varios temores: una oleada de suspensiones de pago, endeudamientos insoportables porque la banca no quiere cargar con las quitas, regulaciones de empleo…

A las empresas grandes se les supone capacidad de resistencia. La prueba es que, a pesar de todo, muchas de ellas reparten dividendos. Las empresas pequeñas están en la pura resistencia. De las más pequeñas, que son los autónomos, fíjense en los datos de su asociación ATA. Son escalofriantes: se calculan pérdidas de 70.000 millones de euros desde que empezó la pandemia y están en riesgo de cese de actividad unas 300.000. Por sectores de población, es sumamente expresivo lo que Pedro Sánchez dijo ayer en el Congreso: «Hay una generación que solo ha vivido en la incertidumbre». Es la generación de los jóvenes en edad laboral, con un 40 % de parados y escasas esperanzas de colocación, al menos en empleos no proletarizados. Y no quiero mencionar toda la gente, la multitud, que vive de la caridad en los comedores sociales de Cáritas y los bancos de alimentos.

Con esta realidad doliente, el presidente del Gobierno anunció ayer un programa de ayudas que valoró en 11.000 millones de euros. Repartidos por provincias, sale a 220 millones cada una, cantidad muy apreciable, pero manifiestamente escasa para la dimensión de las necesidades. Se agradece el esfuerzo y se cree que hace lo que puede, porque las arcas del Estado no están para alegrías ahora, ni lo estarán el año que viene porque sus ingresos tienen que disminuir. ¿Solución? Aunque la parte más izquierdista del Gobierno no lo vea así, no queda más remedio que complementar el gasto social con alientos a la inversión. El gasto social hace que menos gente pase hambre y evita que estalle la rebelión de los más perjudicados.

Los alientos a la inversión son económicos, pero también políticos y de expectativas. Malamente se invertirá si se sigue dando el espectáculo que día a día se repite de disensiones en el Gobierno, que llevan a que el dinero ignore cuál será la política a corto plazo, como demuestra la discrepancia sobre la nonata ley de vivienda. Y, pensando en el medio y largo plazo, los intentos de cambiar el sistema, que llevan a desconocer qué modelo de país se quiere construir. Creo que el panorama merece, cuando menos, una reflexión.

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