Otra vez, hoy, las tres Españas

Roberto Blanco Valdés
roberto l. blanco valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

ALBERT GEA

Aunque el mito de las dos Españas ha sido útil para explicar nuestra historia política y constitucional, la pura verdad es que, como otros muchos, resulta simplificador. Pues ha habido al menos tres Españas, y no dos como se repite sin desmayo, desde comienzos del siglo XIX (cuando realistas, moderados y exaltados peleaban por futuros muy distintos) hasta los años treinta, que culminan en esa Guerra Civil en la que unos aspiran a derrocar la República para implantar una dictadura fascista (los vencedores en 1939), otros combaten al golpismo para marchar hacia la anarquía o hacia los sóviets y, en fin, muy pocos defienden una democracia liberal, ahogados entre el sectario radicalismo de los dos primeros bandos. 

Hoy, hundido el país por esta pandemia devastadora, origen de una crisis sanitaria, económica y social sin precedentes desde 1977, es fácil apreciar cómo también existen tres Españas: la del extremismo de quienes viven en la ensoñación de una política que desprecia los intereses generales y los sustituye por los de minorías activas y, en ocasiones violentas, como estamos volviendo a ver desde hace días; la de los políticos responsables que, con mejor o peor fortuna, como es humanamente inevitable, intentan gestionar los intereses colectivos; y la de los ciudadanos de a pie, la mayoría ocupados en sus tareas, que viven con la esperanza de poder seguir trabajando y no enfermar o contagiar a sus familias.

La última es la España mayoritaria, entre otros muchos, la de los sanitarios, cajeras, profesores, periodistas, policías, taxistas, investigadores, transportistas, empleados industriales, funcionarios, conductores de metro o bus, pilotos... Trabajadores todos esenciales, en mayor o menor grado, para que nuestra salud no se deteriore, los mercados estén abastecidos, la seguridad, garantizada, el país informado; y, en fin, la vida cotidiana no se convierte en el gran infierno que sería si todos ellos no afrontasen seriamente sus obligaciones, con riesgo para su vida o su salud.

Está después la España política, sobre todo autonómica y local, que trabaja para que las administraciones vivan atentas a esos miles de cosas pequeñas, y no tan pequeñas, que hacen que un país funcione de verdad. Aunque también hay aquí políticos zarrapastrosos, como ese alcalde de Valencia que apoya a quienes hacen barricadas de fuego en su ciudad. La mayoría no son, por fortuna, de esa casta.

Y luego está la España oficial, que acapara sin pudor la actualidad: la que denigra nuestra democracia, da protagonismo a políticos a los que sus compinches han sacado de la cárcel y eleva a los altares a un delincuente zarrapastroso, que ha convertido las amenazas de muerte y las injurias en su medio de vivir; la que, en connivencia con ella, ha metido en el Gobierno a una tropa de políticos aventureros y absolutamente irresponsables, con la única finalidad de alcanzar, primero, y seguir, luego, en el poder; y la que contra todo eso es incapaz de hacer una eficaz y rigurosa oposición.