La alergia


Quería escribir un artículo sobre la alegría, pero no he pasado del título, porque me ha salido la alergia y he empezado a divagar. Ocurre cuando uno teclea demasiado deprisa: que sale un anagrama; o sea una palabra con las mismas letras que otra, pero en distinto orden. Esto, que hoy es un entretenimiento relegado a las páginas de pasatiempos, fue antaño algo muy serio. Los místicos y los cabalistas creían que, puesto que Dios había creado el mundo pronunciando palabras, esa sería la sustancia de la que estaba hecho, y que jugando con las palabras se podía cambiar el mundo (una creencia que, secularizada, sigue en boga).

Siempre me ha interesado el anagrama, pero no creo que signifique nada. Dudo que exista algún tipo de conexión mística entre Arganda y Granada, entre Armenia y Mairena, entre Noguera y Noruega, entre Lima y Mali, entre Senegal y Leganés, entre Guatemala y la playa de la Malagueta… No me parece que Oviedo tenga forma ovoide ni que Andalucía sea particularmente alucinada.

Por otra parte, el hecho es que sí existe esa conexión entre Kioto y Tokio, y es cierto que en Alicante el sol calienta, que Roma es una ciudad apropiada para el amor, que algunos paisajes de Polonia adquieren al atardecer un color opalino y que Lisboa, en el mapa, tiene la forma de unos labios. He podido pisar París y pagar en Praga, he comprobado que las aguas de Bruselas son salubres, sé que nieva en Viena, porque lo he visto, y no tengo razones para dudar que Ecuador sea proclive al acuerdo o que Costa Rica sea socrática. No he conocido ninguna Luisa que fuese ilusa ni una Gabriela que fuese labriega, pero sospecho que alguna habrá. No sé si todo Mariano vive en armonía, todo Sergio ama el riesgo, toda Rosalía se preocupa por su salario, o todo Pedro ansía el poder…

Pero sí he conocido una Micaela dedicada a cultivar la camelia, como también he conocido a dos amigas que se llamaban Mónica y Camino y que no sabían que sus nombres era uno el anagrama del otro (lo mismo que Carla y Clara, Román y Ramón o Santiago y Agostina...)

En un sentido, sí hay una parte de verdad en lo que decían los cabalistas. Si uno contempla la tabla periódica de los elementos, verá que, efectivamente, la realidad está compuesta de letras (Fe, H, Na), y que basta cambiar su orden en los compuestos químicos para que el mundo cambie. Y también es cierto que las personas estamos hechas de letras, no las de nuestros nombres, pero sí las que están inscritas en nuestro ADN. Así que, quién sabe si, en el fondo, existe alguna relación entre liderar y delirar, entre ser conquistadores y ser luego reconquistados, entre lo teórico y lo erótico.

Hasta puede que la haya entre el enfriamiento y el refinamiento, entre escandalizar y zascandilear o entre la pasión y los pianos. Es cierto que hay opresores que llegan por sorpresa después de someter por medio de temores. Y puesto que sin duda existe una relación entre los test rápidos y los deportistas, quizás la haya entre la escritura y la esperanza de resucitar.

Concluida la divagación, he empezado de nuevo el artículo. Pero, en esta ocasión, en vez de alegría me salió Argelia. Y al escribir esta última frase en vez de salió me ha salido asilo y en vez de rápido, pirad. Y al repasar esta otra veo que en vez de acabando he puesto bocanada. Y ahora separar en vez de repasar. Sospecho que al clarete esta fresa habrá alguna aterra que eche a perder el farrapo; o que al teclear esta frase habrá una errata que eche a perder el párrafo. Así que aquí lo dejo; y ya otro día escribo sobre la galería.

Por Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

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