Pardo Bazán, faro y espejo de Cela

Adolfo Sotelo Vázquez TRIBUNA

OPINIÓN

FUNDACIÓN CELA

10 feb 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

La Voz de Galicia del 30 de mayo de 1951 daba cuenta del ciclo de conferencias que acababa de organizar el Centro Gallego de Madrid como homenaje a Pardo Bazán en el primer centenario de su nacimiento. El ciclo lo había abierto Gerardo Gasset y lo clausuró Wenceslao Fernández Flórez. La conferencia del día 23 la había dictado Cela (la volvería a leer con pequeños cambios el 30 de marzo de 1953 en el Centro Gallego de Barcelona). Por segunda vez Cela se ocupaba de Pardo Bazán; lo había hecho en un breve artículo publicado en la revista de la Sección Femenina. Y el 25 de febrero de 1940 («Fotografías de la Pardo Bazán» era su primer artículo), donde se advierte que el joven de 23 años ya había leído con atención los Apuntes autobiográficos que doña Emilia antepuso a la primera edición de Los pazos de Ulloa (Barcelona, 1886), ya que incluso se permite la ironía sobre su lectura de textos krausistas: «Se extasía ante Krause, como un cualquiera Del Río».

En 1951, la conferencia de Cela en el Centro Gallego madrileño -que se había inaugurado en 1902 con un importante discurso de doña Emilia- quiere ser un boceto nada ingenuo de su propia personalidad en el espejo de Pardo Bazán. Espejo que entiende como un eslabón irrenunciable en la superación del casticismo gallego, de las estampas costumbristas («la corredoira rumorosa, la moza carpazona y la vaca marela») varadas frente al dinamismo histórico, que tan bien supo captar -el maestro es Galdós- doña Emilia en novelas espléndidas, empezando por La Tribuna (1883), paradigma de la poética naturalista, según la sagaz interpretación de la escritora coruñesa.

Cela sueña con una Galicia actual y europea, moderna y cosmopolita, sin analfabetos, sin mendigos, sin arados romanos, sin mujeres esclavizadas y con una cultura que acepte, mediante el bilingüismo, ser cultura del mundo. Y toma como faro el galleguismo a la europea de doña Emilia. Con un ademán que parece aprendido en los ensayos de Unamuno, En torno al casticismo (1895), Cela condena el galleguismo arcaizante, amparado en las tradiciones muertas, y propone orear la cultura gallega -el galleguismo a la europea- desde todas las tradiciones operantes, las vivas, al aire de los vientos del espíritu de la cultura europea.

El escritor de Iria Flavia está convencido de que Galicia «no puede ser un museo ni un escenario», por ello invoca la personalidad y la obra de Pardo Bazán como ejemplo señero de actualización y de modernidad de las culturas gallega y española desde 1874 a 1920. Viajando por Europa, leyendo a Kant, traduciendo a Stuart Mill, visitando a Victor Hugo, estudiando a Zola, fascinando a Edmond Goncourt, doña Emilia y su infinita curiosidad y su buen tino (aprendidos en el Padre Feijoo) prestó, a juicio de Cela, «un favor todavía no medido en sus justos límites, en sus exactas proporciones». Corolario: los quehaceres de Pardo Bazán no solo son su faro, a cuya sucesión aspira, sino el espejo en que debe mirarse la cultura gallega para no convertirse «en unas gloriosas e históricas ruinas colonizables».