Pedro Sánchez y la Copa del Rey

R.Rubio.POOL

Este enredo literario no va de metáforas, sino de analogías. Una distinción que, teorizada por Aristóteles, fue profusamente tratada por filósofos y teólogos -de Plotino a Hegel, de Zubiri a Gabilondo, y de Arzalluz a Illa-, que acabaron concluyendo que la analogía es un método válido de prospección en lo incognoscible, siempre que no se articule sobre una relación contradictoria. Por eso, porque entre Sánchez y la Copa no hay contradicciones, voy a explicar la inescrutable geometría de Sánchez a través de la Copa del Rey. 

Esta Copa es, en realidad, una liguilla Frankenstein, que empareja a los equipos de Segunda B con los ganadores de la Champions. Y así se genera un enorme batiburrillo no solo en la propia competición, sino en la agenda de los grandes, que, empeñados en varias competiciones simultáneas, tienen que adaptar su agenda para ir a jugar a Alcoy o Vecindario. Potentes equipos, con estadios galácticos, tienen que competir en campos sin gradas, con un lodazal en cada área. Y de ello resulta que los emparejamientos funcionan al revés, ya que los equipos más humildes, en vez de desear un rival asequible, como es costumbre, rezan a sus patronas para que les toque un equipo Champions que les propine -normalmente- una malleira histórica.

La disculpa para montar este guirigay es que el pluralismo beneficia al deporte, ya que los equipos humildes reciben dinero por hacer de espárrines de los grandes. Y nadie parece advertir la injusticia que supone el que, en vez de entregar ese dinero desde otras ligas, y por transferencia bancaria, se normalice este camino sádico y desigual, que obliga a los pequeños a dejarse triturar para recibir su limosna. Ya sé que, al principio, igual que sucede en política, este tipo de competiciones hacen mucha gracia, porque permiten que un chaval aficionado, mecánico en Zamora o panadero en Carcagente, sea portada de la prensa deportiva por haberle metido un gol a Ter Stegen o parado un penalti a Messi.

Pero la triste realidad es que la Copa del Rey, de natural Frankenstein, no da buen fútbol, sino todo lo contrario, hasta que su característica esencial -la atrabiliaria mezcla de rivales heterogéneos- queda superada en los cuartos de final, cuando el jolgorio infantil y anecdótico deja paso a una final entre el Sevilla y el Atlético de Madrid, o cualquier otra rivalidad clásica, y reaparece -igual que sucede cuando se enfrentan el PSOE y el PP- el fútbol de verdad.

Solo una extraña abducción de la inteligencia colectiva puede explicar que, mientras el Barça, el Madrid y el Atlético de Madrid preparan su entrada en una liga europea -privada, galáctica y multimillonaria-, sigamos metidos en el doméstico enredo de la competición Frankenstein. Aunque también debo reconocer que entre la geometría variable de Sánchez y la de la Copa del Rey, hay una convergencia final magnífica y sorprendente, cuando ambas competiciones terminan de la misma manera: abucheando al rey y abouxando con silbidos al himno nacional. ¡Impresionante!

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