Tras la Guerra de Secesión (1861-1865), la página más dramática de la historia norteamericana, los presidentes que dirigieron la nueva Unión surgida del conflicto bélico entre norteños y sureños (Andrew Johnson y Ulysses S. Grant) impulsaron el conocido en Estados Unidos como período de la Reconstrucción, que, entre 1865 y 1877, y con sus luces y sus sombras, logró, no sin grandes dificultades, reunificar un país que había quedado profundamente divido por una guerra civil terrible en sus secuelas de muerte y destrucción. La evolución de Norteamérica desde entonces hasta hoy es incomprensible sin los ímprobos esfuerzos a favor de la reconciliación entre los estadounidenses y el hermanamiento entre sus estados que supuso la política de la Reconstrucción.
Aunque la brecha abierta entre los norteamericanos tras la presidencia de Trump es, obviamente, incomparable en su extensión y gravedad a la nacida de una guerra civil devastadora, la conciencia de que Estados Unidos necesita una segunda reconstrucción (o una tercera, si consideramos que la segunda se produjo tras el triunfo del movimiento por los derechos civiles, a mediados de los años sesenta del pasado siglo) se ha asentado con fuerza entre analistas y políticos de dentro y fuera del país.
De hecho, la idea de la reconciliación entre los norteamericanos jugó un papel central en dos decisivos discursos de Joe Biden. El 8 de noviembre, el líder demócrata se dirigió al país, recién confirmada su victoria, para subrayar con coraje que sus adversarios eran «oponentes y no enemigos» y que había llegado «el momento de sanar a Estados Unidos», de «derrotar la desesperanza», para lo cual, quien dentro de menos de dos semanas dirigiría los destinos del país más poderoso de la tierra, sentaba el principio que guiaría su presidencia: «El mandato popular que hemos recibido es el de la cooperación entre partidos». En la tarde-noche del pasado 6 de enero, cuando el increíble asalto trumpista al Capitolio aún no había terminado, proclamó Biden, con la firmeza que el grave momento requería: «Pero prevaleceremos. El trabajo de este momento y el de los próximos cuatro años tiene que ser la restauración de la democracia».
Si la nueva administración demócrata quiere de verdad cerrar la brecha política y social abierta por el nefasto populismo trumpista (apoyado, no se olvide, por más de 74.000.000 de norteamericanos) las palabras de Biden tienen que ser más que la retórica nacida del gravísimo episodio con que finaliza una presidencia delirante, marcada por las mentiras indecentes y las provocaciones permanentes de un político desequilibrado, irresponsable e incapaz.
Joe Biden y Kamala Harris deben resistir la tentación de tratar de beneficiarse de los restos del trumpismo para mantener hundidos a los republicanos aunque sea a costa de colocar fuera del sistema a muchos millones de sus conciudadanos. Recuperarlos, más allá de los desafíos del momento, es el gran reto de la presidencia que está a punto de empezar.