El discurso del candidato filósofo


Considerado en su mismidad -como diría el filósofo Illa-, el discurso del candidato del PSC-PSOE a la presidencia de la Generalitat es más que pasable. Y, si no es bueno del todo solo se debe a la necesidad de evitar un choque frontal con el discurso de Sánchez y la cúpula del PSOE. Lo que está diciendo Illa es que hay que acabar con la ensoñación y el empecinamiento soberanista, y ponerse -porque algo de Iglesias se le ha pegado- a gobernar para la gente. Y para eso propone que la política catalana deje de estar determinada por la utopía del procés, y que empiece a mirar a los crecientes problemas derivados de las crisis, del desorden jurídico e institucional, y de la estrategia de permanente confrontación con el Estado español.

Con estos argumentos, el filósofo Illa pide a los votantes que le otorguen una mayoría socialista, si puede ser absoluta mejor, que lo sitúe al frente del Govern, desde el que espera favorecer una política abierta al diálogo, respetuosa con la Constitución y la ley, y preocupada por el bienestar «de los catalanes y las catalanas» -toque correcto- que tanto se ha deteriorado con la algarabía independentista. Finalmente, asumiendo la cuota de modernidad y oportunismo que este momento exige, Illa se atreve a sugerir que la resiliencia y la recuperación social y económica, que van a consumir la lluvia de millones que los actuales presupuestos destinan a Cataluña, incluyan entre sus objetivos la recuperación del liderazgo económico perdido durante el procés, para que, además de favorecer el regreso de las empresas exiliadas, evite que Madrid siga absorbiendo riqueza, y que _aunque esto no lo dice expresamente_ el Barça frene su decadencia.

El problema es que este discurso contradice de plano la estrategia de la coalición gobernante en Madrid, cuya geometría variable _sujeta al irreverente postulado de que «el orden de los factores altera el producto»_ extiende a toda España las grietas sociales y políticas abiertas en Cataluña, soslaya la urgente necesidad de afrontar el reequilibrio de las balanzas del Estado, asume la conveniencia de generar un amplio sector de ciudadanos y empresas subvencionados, y le otorga a Junqueras un liderazgo sobre toda España que Illa le quiere arrebatar en Cataluña.

Pero no se asusten. Porque la estrategia de Sánchez, al ser variable como las veletas, no puede ser contradicha. Y porque el liderazgo de Illa aún tiene mucho de voluntarismo y artificio, y no va a liberar a Cataluña de la ensoñación soberanista, ni a Sánchez de mendigar los apoyos que le mantienen en Moncloa. Illa solo tiene la triple misión de mantener el apoyo lectoral del PSC, que con Iceta peligraba; ganar los votos que huyen de Ciudadanos y no saben dónde recalar; y hundir al PP de Cataluña en la miseria. Y, si tales premisas se cumplen, sin molestar a Sánchez ni mermar la posición prevalente del secesionismo, cosa que es posible, todo seguirá igual en Sant Jaume y la Moncloa. Aunque el caos podrá ser gobernado con más comodidad.

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