Emilia Pardo Bazán y Meirás


Respondiendo a la pregunta que días atrás me formulaba un periodista de Voz Audiovisual para el documental que se emite hoy en TVG, quiero abordar la cuestión clave para comprender por qué Meirás es un sitio literario e histórico excepcional. Las Torres de Meirás pertenecen a una especial categoría entre las casas de escritores: las moradas configuradas gracias a una implicación directa de sus propietarios en aspectos de diseño arquitectónico y decoración, concebidas así como otra obra más, de naturaleza no-literaria pero que ofrece contenidos fundamentales para el acercamiento al mundo interior de cada autor.

Con planos dibujados por la propia Emilia Pardo Bazán -con ayuda de su madre doña Amalia y puntuales asesoramientos de amigos como Balsa de la Vega, Vicente Lampérez, Lázaro Galdiano o Álvaro de Torres Taboada-, en las Torres de Meirás todo fue ideado para crear un singular autorretrato estético que proyectara hacia el público las raíces, gustos y procesos creativos de su poseedora. En la elaborada interacción de palabras e imágenes enredadas en las piedras Emilia demuestra conocer el camino abierto por otros «escritores-arquitectos» que la habían precedido: Walter Scott, Alexandre Dumas, Victor Hugo, Émile Zola o León Tolstói, solo por citar los principales, todos ellos figuras de primera magnitud en la historia de la literatura. Sus viviendas, hoy conservadas como casas museo que atraen a miles de peregrinos literarios, son superadas en ambición por Meirás como fantástico castillo de las letras y empeño de una combativa mujer que tuvo que enfrentarse a limitaciones y obstáculos inexistentes para sus colegas masculinos hasta lograr independencia económica y libertad para construir su «habitación propia».

El excepcional proyecto personal de Emilia Pardo Bazán para Meirás se resume en las dimensiones como restauración del solar familiar, edificación de un romántico refugio creativo, lugar para su sepultura y complejo puzle literario destinado a la posteridad, en el que exhibe los títulos de sus obras preferidas, los retratos de sus escritores de referencia o las claves simbólicas de su quimera artística. Un territorio sentimental, una casa para la vida y la literatura, y por supuesto una biblioteca para guardar sus queridos libros, que por ello tiene difícil encaje con usos como lugar de memoria centrado en problemáticas políticas como las puestas sobre la mesa en los últimos días.

No voy a cuestionar que la presencia de Franco en Meirás y sus expolios, exhaustivamente documentados por Carlos Babío y Manuel Pérez, deban ser contados. Para ello se podrían disponer los dos espacios más ligados al paso del dictador, como fueron su biblioteca y despacho. Ahora bien, convertir Meirás en un lugar de memoria dedicado a la represión franquista erosionaría gravemente la condición de sitio para el recuerdo de la poderosa persona, obra y legado de Emilia Pardo Bazán. Franco llenó Meirás con piedras extraídas de viejos pazos para hacer pasar las Torres como un «pazo de Meirás que Emilia nunca llamó así. Carmen Polo encargó a Álvarez de Sotomayor su retrato posando con la fachada de Meirás al fondo, pero la tozuda realidad es que la única señora de Meirás fue Emilia.

Una sociedad que todavía no ha establecido el uso democrático de lugares de memoria como el llamado Valle de los Caídos, o la prisión provincial de A Coruña, sin ir más lejos, debe evitar la precipitación para resolver en semanas el destino de un sitio tan relevante para el patrimonio europeo como es Meirás. Dejemos trabajar a los historiadores, especialistas en literatura y técnicos en museos que mejor conocen a Emilia y los avatares de Meirás para llegar a un acuerdo sobre los contenidos de un lugar que, ante todo, es territorio emocional de Emilia Pardo Bazán y en el que Franco, pese a sus intentos de apropiación, solo fue un intruso.

Por Jesús Ángel Sánchez García Profesor de Historia del Arte en la USC

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