Después de un año maldito, a lo que aspiramos ahora es a la normalidad, ya no a la que antes dábamos por descontada, ni a la «nueva normalidad», ese engendro gubernamental que se demostró fallido. Sino a algo que se parezca lo más posible a lo que teníamos antes. La vacuna, un histórico logro de la ciencia conseguida en un tiempo récord, se ha convertido en el símbolo de que podemos volver a ser como éramos antes del covid. Pero no es del todo cierto. Porque los destrozos que ha causado son terribles y dejarán huella: muertos, enfermos con secuelas quién sabe si irreversibles o con daños psicológicos aún sin evaluar. Añádanse los efectos devastadores en la economía, que ya se notan: trabajadores en paro o con ertes inestables que auguran una avalancha de despidos, cierre de empresas y de comercios. Y el miedo a que la catástrofe se vuelva a repetir. Pero, de momento, tenemos la vacuna, que algunos no se quieren poner porque tienen miedo o temen ser víctimas de una oscura conspiración. Incluso hay dirigentes políticos, de cuyo nombre no quiero acordarme, que en un día histórico como el de ayer seguían jugando a la mezquindad partidista. Si algo ha demostrado esta cruel y traicionera pandemia es que nuestras armas son la ciencia y la sanidad y que ahí es donde hay que invertir masivamente los recursos, porque en ello nos va la vida. Debería ser un punto de inflexión, que nos hiciera ser más conscientes de la vulnerabilidad y la fragilidad de nuestra existencia, de lo decisivo que es respetar y cuidar la naturaleza y de la importancia de valores como la solidaridad y la justicia social. Tanta muerte y destrucción no pueden ser en vano. La normalidad a la que aspiramos como utopía y que aún tardará en llegar nos emplaza a cambiar. Ese el reto.