Sobre la tolerancia selectiva


Los únicos restos que quedan del franquismo, aunque no lo crea, son los mórbidos complejos que, fabricados durante la Transición, complican el disfrute de la libertad. De aquella fiebre viene, por ejemplo, el desprecio a los símbolos constitucionales del país, que pueden ser pisoteados y odiados en nombre de la libertad de expresión. Lo mismo ocurre con la sacralización de la justicia, cuya única explicación radica en la necesidad de demostrarnos a nosotros mismos que somos aventajados devotos de Montesquieu. Y también tenemos dificultades para proteger nuestras instituciones y fuerzas de seguridad de los embates del progresismo callejero.

De esos mismos complejos brota la idea de que los informes e inspecciones de la Administración son menos fiables -o más corrompibles- que los controles privados que, vinculados a asociaciones, oenegés, activismo internacional y abaixofirmantes, disfrutan de una presunción de infalibilidad que para sí quisiera el papa. Y, coronando esta lista, también encontramos los acomplejados criterios que rigen la evaluación y sanción de ciertas conductas, que parecen ordenados en función de la condición cívica o ideológica de los infractores: muy estrictos para la dócil mayoría silenciosa, a la que no se le perdona un mal aparcamiento ni una tosca palabra contra la autoridad, pero muy erráticos e indulgentes con los indignados, los independentistas, los okupas, los anticapitalistas, los fracasados voluntarios y otras minorías, que, funcionando a contrapelo del sistema, constituyen verdaderas encarnaciones de una libertad esencial y desinhibida.

Por eso no se ilegalizan los partidos que reniegan del país y entorpecen el funcionamiento de su sistema. Ni se defiende la propiedad creada y conservada al amparo de la legalidad. Ni se protegen los espacios públicos ordenados al disfrute de todos los ciudadanos. Ni se afirma la autoridad y la credibilidad de la Administración pública frente a los profetas de una fulera liberación, subvencionada por el Estado.

Hablo de esto a cuenta de la protestas que generó el Tribunal Constitucional por no seguir confundiendo la libertad de expresión con la agresiva conducta de los que quemaron una «puta bandera» durante una manifestación en Ferrol. Pero no lo hago para hipertrofiar la defensa y el amor de los símbolos; ni para erradicar las algaradas callejeras, las okupaciones, el lanzamiento de adoquines contra la policía y cosas así. Lo único que pido es que la tolerancia -abierta o disimulada- no sea selectiva, por acomplejada, en función de la ideología, la condición o el estado de indignación del agente provocador; y que no sea más barato montar un botellón, o asaltar el Congreso, que aparcar en doble fila para comprar aspirinas. No pido proporcionalidad, inteligencia o educación esmerada. Ni siquiera pido justicia esencial. Solo pido igualdad. Porque quiero que, si un día cometo una pequeña infracción, me traten como a un okupa, un secesionista o un indignado. Solo con eso me conformo.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
43 votos
Comentarios

Sobre la tolerancia selectiva