Fue en Bruselas, la capital de Flandes, donde se mezclan espadachines embozados con mascarillas de humo europeo, emigrantes atrincherados tras el rencor y la media luna en un Molenbeek exclusivo, financieros, políticos, meretrices de encaje y efebos de Tintín. En ese pandemónium de cerveza de abadía y chocolate es donde los eurodiputados pasean su inmunidad diplomática al amparo de uno de los más cotizados chollos que pueda procurar la actividad política.

Justo ahí, en un apartamento sin PCR, un grupo de gays entretenían la tarde dentro de una orgía de popper, éxtasis, anfetas y gang-bangs. Fue ahí mismo donde József Szájer, un joven eurodiputado de 58 años, adalid de la lucha contra los matrimonios gay, feliz esposo de una jueza del Tribunal Constitucional húngaro y padre de dos hermosas criaturas, decidió escapar por el balcón deslizándose a través de la cañería del desagüe -como un Papa Noel con maletín de ejecutivo- cuando irrumpió la policía cortando el rollo al personal, unos veinte sin mascarilla ni preservativo y otros tres con inmunidad.

József, que tanto peleó contra el colectivo LGTBI, fue identificado y posteriormente masacrado por la opinión pública -la gay y la otra- sin tener en cuenta sus justas alegaciones: «Pedí que me hicieran un test porque en el maletín llevaba una dosis de éxtasis que no era mía y no sé quién, ni cómo me la metió». Y algo de eso le pasaría.

Szájer impulsó en su país la prohibición del Festival de Eurovisión que tanto gusta a la comunidad gay y el musical Billy Elliot, argumentando evitar así que los jóvenes húngaros cayesen en la tentación de la homosexualidad, una debilidad que su dios ultracristiano parece no perdonar.

El suceso resulta entrañable porque actualiza y recuerda una vez más el diabólico velo de la hipocresía; tan humana, tan eterna y pulsional, tan vulgar y pecadora. Razón tiene John le Carré cuando afirma que la hipocresía es el homenaje que el vicio tributa a la virtud.

Hipocresía deriva del griego hypokrisis, que significa «aquellos que actúan en un escenario», y, si lo piensan bien, todos actuamos en un escenario, algunos más domésticos y otros más públicos, algunos con un rol secundario y en otros de protagonistas, pero siempre salpimentados de impostura.

Compadezco el suplicio que ha tenido que sufrir József Szájer, no al bajar el canalón a manos libres, sino todo el resto de su vida ejemplar interpretando un papel que no era el suyo, intentado controlar en los otros lo que en él era incontrolable.

Un auténtico tormento que bien merece un brindis parodiado al de nuestros gloriosos Tercios de Flandes: «Hungría mi natura, Europa mi ventura y Flandes... ¡mi sepultura!»

Los hay peores más cerca.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
21 votos
Comentarios

Flandes desatado