Los 697 de Meirás


Desconozco la identidad y el currículo de los técnicos de Patrimonio que se encargaron de inventariar los objetos ocultos en el pazo de Meirás, pero es fácil suponer que el trabajo no fue uno más para ellos. Estos días la historia anda atropellada, plegándose como un hojaldre que nos toca devorar de un bocado. Mientras redactamos el bochornoso final del anterior jefe del Estado, entramos al fin en la última fortaleza física de su antecesor, esa torre inexpugnable para la democracia, blindada por sus herederos, congelada en un tiempo oscuro y miserable en el que la rapiña de Estado era ley. No sé si les pesó la historia a los técnicos de la Xunta cuando traspasaron la puerta del palacio, si sus mentes imaginaron secuencias y decisiones, si se sintieron la avanzadilla de una reparación histórica que nos hace mejores como sociedad, un desagravio pendiente e inexplicable que nada tiene que ver con la sed de venganza sino con la necesidad de justicia.

697 han sido los objetos inventariados, cosas que no son el menaje típico de un hogar, los enseres que usted embala cuando hace mudanza, desde las fotos de la niña a la cubertería de mamá. Supongo a esos técnicos catalogando estatuas del pórtico de la Gloria, muebles del siglo XVIII, delicadas porcelanas, ánforas fenicias, escritorios nobilísimos, alfombras de la Real Fábrica, una bula del papa Clemente VIII y un paciño a escala para que jugara Carmencita. Un tesoro hurtado también a la memoria colectiva que ahora aflora en ese inventario que ya es histórico, redactado por esos arqueólogos de nuestro pasado reciente a los que quiero imaginar entrando en Meirás con la emoción de quien abre la puerta a la razón para que ventile una estancia hasta ahora irrespirable. Que cunda.

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