La mar arbolada

Eduardo Riestra
Eduardo Riestra TIERRA DE NADIE

OPINIÓN

EDUARDO PEREZ

07 dic 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

Escribo estas líneas mientras las olas de Riazor, que parecen una manada de mastines furiosos, intentan abalanzarse sobre las calles y, en el último momento, como si estuvieran atadas al mar por cadenas, se frenan, caen y regresan humilladas al horizonte revuelto y arbolado. Es el invierno que nos recluye, ahora por fin con razón, en las casas, como si fuéramos aquellos marineros de otros tiempos. La naturaleza contra el hombre, como siempre ha sido desde la creación del mundo, desde que existen las tinieblas, por ejemplo.

Lo malo de los microbios es que uno no ve al enemigo microscópico, y todo se desarrolla en la dimensión de las creencias. Por eso aparecen negacionistas y gurús, medicinas mágicas y terapias absurdas. Porque nadie puede negar el fuego de un incendio o la fuerza de una ola, la embestida de un toro; pero el virus es como el amor o la envidia; como el Espíritu Santo. Esto es un reto a la sanidad y a la paciencia, pero también a la materia gris, que a veces se llama sentido común. Y además el tiempo juega en contra porque, mientras tanto, pasa la vida, y a algunos se les va para siempre. El mar, para los que lo vemos a diario desde niños, es siempre un elemento de razón y contrapeso. Un monstruo vivo, a veces desaforado y salvaje, otras amable y acogedor. Con una fuerte personalidad y una conducta impredecible. Y es bueno que sea así porque nos mantiene con los pies en el suelo, y nos enseña a aceptar pandemias y desgracias. Y establece la medida de nuestra humildad.