Está claro, enterramos muy bien. Elegías no sobran, sean coplas manriquianas, sean alejandrinos de corte existencialista. ¡Cuántos héroes anónimos nos hemos topado en nuestras vidas! Y no han recibido ni medallas, ni tributos, ni placas, ni homenajes de ningún tipo, pese a haber tenido una vida ejemplar, ética, llena de dignidad, generosidad y servicio a los demás.

No hace mucho aplaudíamos desde nuestros balcones a tantos sanitarios que se han dejado todo, lo mejor de sí mismos, incluso la vida. Pronto no solo nos cansamos de aplaudir sino de hacer todo lo que no debemos hacer para evitar la propagación de esta crisis.

Sí, hace unos días murió Maradona. Algunos se empeñan en distinguir al jugador y a la persona. A Diego y a Maradona. No vamos a glosar ni tampoco a criticar una vida sumamente compleja, del cielo a los infiernos pasando por la gloria de los terrenos. Del Olimpo parnasiano al Caronte bifronte de la angustia, la ansiedad, las drogas, el alcohol y gestionar el éxito y el fracaso. Para el primero sobran aduladores y personas que se hacen pasar por amigos, para el segundo solo la soledad le acompaña.

Encumbramos y enterramos. Nos afligimos y desgarramos las vestiduras. Y además tenemos que hacerlo ante el público, que se nos vea, cual fariseos del cinismo. Incluso se le perdona todo, nada es más frágil que la desmemoria selectiva y voluntaria. El tiempo pone a cada uno en su sitio. A algunos, amigos de aquél, nunca los absolverá.

Pero hete aquí que una futbolista gallega decidió dar la espalda a ese minuto de silencio en la cancha de juego rompiendo esa formación disciplinada y sentándose además sobre el césped. Coraje no le ha faltado. Sabedora como es de algún escándalo que el jugador tuvo con alguna pareja, incluso con denuncias y vídeos donde se oyen gritos y acusaciones de pegar. El personaje, más allá de quienes le beatifican a última hora sobre todo en España, donde pasó sin pena ni gloria, para fortuna del Nápoles donde sí se le idolatra y además fue un revulsivo para la autoestima de la ciudad y sus ciudadanos frente a las ciudades ricas del norte de Italia, no fue una desdicha de virtudes ni ejemplaridad en su vida personal. Pero sí talento y generosidad en el terreno de juego, tan indomable como creativo, tan buen jugador por encima de cualquier otro como capaz de sufrir terroríficas entradas que una tras otra le prodigaron sus adversarios. Hoy, una mujer futbolista, con enorme valentía, no comete una entrada, sino que evidencia una realidad e incoherencia vital del genio que tampoco debe olvidarse ni dejarse de lado.

Por Abel Veiga Jurista y politólogo

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Ídolos de barro