Desde el punto de vista del márketing político, partidos y candidatos son productos cuyo único objetivo es convencer a compradores-emisores de votos. De ello deriva la creciente importancia de las agencias y departamentos de comunicación, entidades que articulan el potencial de convicción de las diferentes propuestas a través del carisma de sus representantes y, sobre todo, de la modelación de los estímulos que llegan a la sociedad mediante las diferentes plataformas.

Los que nos hemos formado en este campo vivimos con el corazón dividido. Por un lado disfrutamos analizando las técnicas de gestión y movilización del electorado, y por otro nos duele ver cómo los peores productos pueden tener éxito amparados únicamente por un buen envoltorio. Este tipo de candidaturas suelen ser peligrosas por su cortoplacismo inconsciente, su obsesión por el control del mensaje y, en muchos casos, su falta de moralidad. Un conocido autor definió esta coyuntura con gran acierto: «En democracia suelen gobernar los que mejor hablan, pero por desgracia esos no siempre son los que mejor gobiernan».

Esa es la situación actual en España, en la que un partido ha sabido exprimir todo el potencial de su política de comunicación orquestando una gran estrategia: la agitación del miedo al fantasma ultraconservador de un régimen que finalizó hace más de 40 años. Un mensaje prefabricado y repetido obsesivamente por los altavoces de los medios afines, gracias al cual, apoyándose en las particularidades del sistema electoral, movilizando a la masa del centro-izquierda y fragmentando a la derecha, pudieron conseguir el resultado deseado. Para los estrategas del PSOE, Vox es el tonto útil.

Sin embargo, la jugada no salió perfecta. A pesar de confiar en la repetición electoral del 10-N para desplazar a Podemos y aprovechar la concentración del voto en la opción mayoritaria de la izquierda, las previsiones más optimistas del PSOE (y del CIS) no se llegaron a materializar, dejando un escenario similar al anterior, obligándole a pactar con todos los partidos fuera de los límites de su herramienta mediática favorita, el famoso «cordón sanitario». Así es como se formó uno de los gobiernos más incompetentes e inoperantes de la historia de nuestra democracia: timorato, atado de pies y manos, obsesionado con los medios de comunicación y obligado a la compraventa diaria. A los gallegos ya nos ha dado la espalda dos veces en los Presupuestos generales, pero cada semana se producen nuevas sorpresas con Podemos, ERC, PNV, Bildu... partidos que, hábil y legítimamente, están aprovechando esta magnífica oportunidad para comprar en el mercadillo de las urgencias.

Esta es nuestra democracia, este es nuestro sistema electoral y este es nuestro presidente, alguien al que no le importa el precio con tal de conseguir la venta.

Por Rafael Ferro Politólogo y consultor

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