Pactos al límite


La capacidad de alcanzar pactos por parte de Pedro Sánchez parece claramente condicionada por su socio principal (Podemos) y por sus aliados ocasionales (PNV, ERC, EH Bildu, etcétera). Y quizá se debería sumar en esta relación a Ciudadanos, pero la presencia de esta fuerza en los pactos figura claramente condicionada por Podemos. 

Tal vez porque Pablo Iglesias conduce un coche con trayectoria y destino propios, en el que solo caben los que van de su mano y le ayudan a empujar su carreta ideológica.

¿Le parece bien todo esto a Sánchez? No lo sé, porque tampoco es fácil entender su extraño don de la ubicuidad, que lo mismo le permite asomar por una puerta que por una ventana y sorprendernos con polimorfos acuerdos multilaterales ad hoc. Todo con la condición de que él figure a la cabeza. Y figura, sí, porque es el que atesora más diputados. Algo que no le discute nadie, al menos hasta que haya nuevas elecciones.

Pobre España sin rumbo, se lamentan los excluidos de este juego, que son casi todos los no citados hasta ahora en estas líneas. Porque ni el PP ni Vox tienen respaldo para liderar algo con un apoyo mayoritario en el ámbito estatal. De hecho, solo tienen pactos en algunas autonomías importantes, en las que sí gobiernan. Y es que todavía no han descubierto el antídoto para contrarrestar el liderazgo, a veces agónico, de Pedro Sánchez, ni ven el modo de lograrlo en un futuro próximo.

Porque Pablo Casado sigue sin entender que no basta con esperar a que Sánchez se cueza en la salsa de sus errores. No, no basta.

La estrategia del presidente del Gobierno de sumar a todo el que pase por el Congreso de los Diputados y no sea un adversario declarado es de una eficaz -y quizá lamentable- condición política, pero también es de una legalidad cuantitativamente incuestionable.

Decía Churchill que el problema de su época consistía «en que los hombres no querían ser útiles, sino importantes». Y añadía que «los fascistas del futuro se llamarán a sí mismos antifascistas».

¡Quién lo sabe! Porque nada de todo esto es descartable en plena incertidumbre.

Quizá porque, en efecto, el problema de nuestra época consiste en que demasiados políticos no pretenden ser útiles, sino solo importantes. Y pactar al límite.

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