Hay escritores que te devuelven las ganas de vivir, aunque ellos ya hayan muerto. Incluso muriéndose escribieron alguna de las novelas más hermosas, profundas, submarinos o taladros directos al corazón del hombre y del arte. Uno de ellos es Roberto Bolaño. Lo necesitamos. Yo, por lo menos. Y más en estos tiempos de enfermedad, escasa altura moral y Ley Celaá (¿cómo es posible que alguien pueda perpetrar un ataque tan brutal a la educación?). Todo lo que pueda escribir sobre Roberto Bolaño es insuficiente. E insuficientes todos los elogios que recibió después de su muerte. Era un animal literario. Conozco su literatura desde finales de los ochenta y, desde entonces, le profeso devoción. Muchos de sus textos son canónicos. Canónico su modo de enfrentarse a la literatura: desde la ambición y la originalidad. Canónico el «hecho estructural» en cada uno de sus textos mayores. 2666 es su novela póstuma. Se publicó un año después de su muerte, acaecida prematuramente en el 2003. El argumento carece de importancia. Son varias novelas. Cada una de ellas parte de una novela anterior, por decirlo de manera explícita. Lo cierto es que cada relato, o unidad narrativa, arranca de un hilo que hace temblar la prosa mistérica de Bolaño. Es una pieza maestra de más de 1.100 páginas. Toma, entre otros muchos asuntos, los asesinatos de mujeres acaecidos en Ciudad Juárez (Santa Teresa en la novela). La trama se desplaza, lateralmente, sobre esta argucia. A Santa Teresa peregrinan cuatro profesores universitarios que solo tienen un nexo en común: la admiración por Benno von Archimboldi, un escritor alemán impregnado de enigma y vacío. No les cuento más. Léanla, si aún no lo han hecho. Allí encontrarán frases como esta: «En realidad nunca dejamos de ser niños, niños monstruosos llenos de pupas y de varices y de tumores y de manchas en la piel, pero niños al fin y al cabo, es decir nunca dejamos de aferrarnos a la vida puesto que somos vida».
¿Y por qué hoy he abandonado el comentario político? Porque la nueva ley de educación ha ido demasiado lejos en lo doctrinario, en el sectarismo y la intolerancia. La política actual tiene más de ceniza que de vida. A lo largo de décadas en Opinión, me he encrespado con políticos de todo signo. Nunca tanto como ahora. Pero siempre defendí su necesidad. Y me parece injusto meterlos a todos en el mismo saco. Sin embargo, la aprobación de una ley que atenta contra el mérito y la libertad, elaborada sin debatir con la comunidad educativa, me produce una repulsión difícil de calificar. Por lo tanto, prefiero desandar ese camino. Mirar hacia otro lado. Los libros, por ejemplo. Los de Bolaño. Ese que nos enseña, ya, que lo único urgente es vivir.