Cuando se debe una vida

Manuel Fernández Blanco
Manuel Fernández Blanco LOS SÍNTOMAS DE LA CIVILIZACIÓN

OPINIÓN

María Pedreda

19 nov 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

Rosario Porto acabó ayer con su vida en la prisión en la que cumplía condena por el asesinato de su hija Asunta. Lo hizo ahorcándose con un cinturón de tela. No era el primer intento: ya había realizado otras tentativas autolíticas en los diferentes centros de reclusión en los que había estado internada. Lo intentó, al menos, en otras dos ocasiones. Un primer intento lo realizó tomando medicamentos del tratamiento que le habían prescrito y que había ido acumulando. En otra ocasión, se enroscó un cordón alrededor del cuello estando en la ducha. Ayer consumó el acto suicida.

Podemos pensar que tanto en los intentos previos como en el definitivo utilizó los medios a su alcance para poder acabar con su vida. Pero no deja de resultar llamativa que la sucesión de los instrumentos utilizados en sus intentos suicidas -mediante fármacos, cordones de tela y asfixia- reproduzcan el proceso que acabó con la vida de su hija.

Las tentativas previas fueron interpretadas (Rosario mismo pidió auxilio a otra reclusa en un episodio autolítico anterior) como llamadas de atención. Desde la perspectiva del desenlace, se impone la interpretación de que existía una determinación de acabar con su vida y que, las tentativas previas, tal vez mostraban en forma de acting out lo que no podía decir de otro modo. Ese proceso culminó en el pasaje al acto en el que decidió borrarse de este mundo. No parece que se tratase de un acto impulsivo: dejó su celda, y sus pertenencias personales, recogidas.