Lo habían cegado los focos hace mucho tiempo, antes incluso de darle indicaciones a Macaulay Culkin aquella Navidad en la que se había quedado solo en casa y que hoy parece un tráiler de lo que estamos atravesando. Se presentaba a sí mismo como un triunfador que se había arruinado con alma de concursante de Gran Hermano. Un soberbio hecho a sí mismo que sabía ver una oportunidad y se subió a la ola de los realities, aunque el suyo, en vez de una casa, era una torre dorada en la que se filmaba una malísima gestión de los recursos humanos.
Hoy, después de que millones lo hayan obligado a sentarse al otro lado de la mesa en la que despedía con aquel deje endiosado, se resiste a aceptar una realidad que no se adapta a sus deseos por mucho que lo haya intentado. Recuerda este expresidente a aquella serie de un sucesor designado que iba deshaciéndose de la poca dignidad audiovisual que tenía a medida que avanzaba el mandato. Esta temporada del docudrama apenas le ha durado cuatro años, pero como mandan los cánones (no nos confiemos, lo que se viene puede ser un remake, y de los malos) el sociópata todavía tiene que dar un último susto antes de ser liquidado. Solo queda que lo aplaste la normalidad democrática que lo había encumbrado y que por fin lo cortó cuando intentó colar en horario de máxima audiencia un delirio televisado. Estás despedido. Recoge tus cosas porque esta vez no has ganado.