Gente sólida


Sé que muchos de vosotros estáis en duelo. Los sanitarios están agotados y desmoralizados. Los docentes están desbordados. El comportamiento de nuestros políticos no es ejemplar. De hecho, desde hace un tiempo, una y otra vez me vienen a la cabeza estas palabras de Hans Jonas, uno de los grandes filósofos del siglo XX: «En cualquier época, incluso en las civilizaciones que han alcanzado un mayor grado de progreso, puede una generación inmadura inundar la escena pública por un corto espacio de tiempo -siempre por culpa de la política- y cosechar después para todos el fruto amargo de su insensatez, como deberíamos saber hasta la saciedad los hombres de hoy». Lo último, el follón de las elecciones presidenciales en Estados Unidos. Pero podríamos poner muchos otros ejemplos de aquí y de acullá.

Por eso, con realismo hay que reconocer que corren muy malos tiempos para el optimismo. La respuesta exige algo más que palabras y lamentos; exige compromiso, coherencia y constancia. El mayor pecado del ser humano es la indiferencia ante el sufrimiento ajeno, de eso no tengo la menor duda. Hoy más que nunca necesitamos gente sólida, compasiva, con ideales, valores y virtudes, con coraje ético. Tenemos que recuperar la pasión compartida por una comunidad de pertenencia y de solidaridad, a la cual destinar tiempo, esfuerzo y recursos. De lo contrario, el «sálvese quien pueda» se traducirá rápidamente en el «todos contra todos», y esto será mucho peor que la pandemia.

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