Datos malos, previsiones buenas


La vicepresidenta Nadia Calviño expuso el martes el cuadro clínico del paciente y su evolución previsible. Distinguió tres períodos. Desde finales de febrero hasta finales de junio, durante la fase de hibernación y parálisis, la economía española permaneció en la uci en estado crítico. En el tercer trimestre, ya en planta aunque con respiración asistida, el enfermo ha mejorado ostensiblemente. Y a finales del 2021, si las cosas no se tuercen y la pandemia concede una tregua, estará a punto de recibir el alta.

Calviño manejó los indicadores de crecimiento y empleo para explicar su diagnóstico. El PIB se contraerá este año un 11,2 % y la tasa de paro alcanzará el 17,1 % de la población activa, tres puntos por encima de la registrada en 2019. La economía se desplomó como nunca, pero el empleo resistió mejor que nunca. En el 2009, una caída del 3,8 % del PIB arrojó al paro a más de un millón de trabajadores. Este año, con un foso tres veces más profundo, se destruyeron 625.000 empleos entre marzo y junio y se recuperaron 250.000 en el tercer trimestre. La red de los ERTE amortiguó -al menos hasta ahora- el brutal impacto.

En el verano llegó el rebote. En el tercer trimestre la economía debió crecer, según la ministra, «en el entorno del 13 %» y se recuperaron cuatro de cada diez empleos -afiliaciones a la Seguridad Social- destruidos en los cuatro meses precedentes.

Las previsiones oficiales para el año que viene son francamente alentadoras. La economía crecerá un 7,2 % y se crearán 400.000 empleos. Se trata solo del crecimiento inercial previsto, que no tiene en cuenta el empujón del plan de recuperación presentado, con grandes alharacas, por el presidente del Gobierno. Con un presupuesto expansivo, como prefigura un techo de gasto histórico, y el efecto multiplicador de los fondos europeos, la cota del 9,8 % de crecimiento parece alcanzable. La economía española se situaría a menos de un punto y medio del restablecimiento de la vieja normalidad. El empleo, más rezagado como siempre, tardará sin embargo bastante más de un año en obtener el alta médica.

Hasta aquí el meollo de la exposición de la ministra. Un cuadro macroeconómico que sugiere dos lecturas de distinto signo. La primera, esperanzadora; la segunda, inquietante. Cara y cruz. La cara: el estrepitoso derrumbamiento de la economía es agua pasada. Una noticia atrasada, puesto que el desplome se concentró en el segundo trimestre. Lo sufrimos en tiempo real y ahora nos estamos irguiendo.

La cruz: el hundimiento está contado con datos y la recuperación con previsiones. Aquel está certificado: de hecho, será dos puntos más intenso de lo que se preveía en mayo. Las previsiones, por el contrario, suelen fallar y casi siempre lo hacen por defecto. Los datos, como los números de la bonoloto, tienen la manía de rebajar las expectativas creadas. La arraigada creencia de que los economistas dedican la mitad de su tiempo a elaborar pronósticos y la otra mitad a explicar por qué no se cumplieron tiene, tal vez, algún fundamento. Sobre todo, en esta época de incertidumbre máxima.

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