Contra la corrupción


Uno de los principales objetivos de todos los países del mundo debería ser el de acabar con la corrupción, es decir, cada uno con la suya. Porque, como bien dijo el gran Montesquieu, «no hay peor tiranía que la que se ejerce a la sombra de las leyes y bajo el calor de la justicia». A día de hoy, podríamos establecer muchas comparaciones muy ilustrativas, por ejemplo entre la riqueza natural de una Venezuela que antaño flotaba en una descomunal balsa de petróleo y que hoy padece una implacable miseria económica, impuesta sucesivamente por chavistas y maduristas, que son esencia y herencia de un mismo tronco ideológico comunista dominado por el absolutismo y la corrupción.

Podríamos comparar a Venezuela con países que, saliendo de un gran desastre bélico (como Alemania tras perder la Segunda Guerra Mundial), han sabido construir la prosperidad de la que hoy gozan, como nos recordaba hace poco el escritor y Premio Nobel Mario Vargas Llosa, ilustrándonos sobre cómo se cimienta la prosperidad. El primer paso en el buen camino es estimular la iniciativa privada y conseguir integrar su economía en los mercados mundiales. Algo que solo se consigue fomentando la competencia y evitando la corrupción. Porque solo la competencia genera el estímulo.

Frente a todo esto, algunos contraponen con énfasis el éxito del llamado «modelo chino», que en verdad es un modelo impuesto desde la perspectiva del desarrollo del Estado, pero no de las libertades ciudadanas. Y esto nos lleva a una consideración de distinto rango, que ni el engreído presidente Trump ha logrado cuadrar entre los desafíos que inevitablemente habrá de afrontar su país. Porque China no aspira a ampliar las libertades individuales, pero sí que anhela liderar el mundo. Y en esta partida juegan EE.UU., la UE, la URSS y otras partes del planeta. La ecuación más peligrosa es la del «todo vale», que no entrará en vigor mientras no cambien los ejes básicos del actual orden mundial. La peor debilidad, la que más dañaría el crecimiento, sería la corrupción del propio sistema, como nos ilustran tantos ejemplos en todo el mundo. Esperemos que el actual ruido vírico-político en España no nos desvíe del buen camino.

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