Bosque de mentiras


Nada en la vida es perfecto. Deberíamos de saberlo. Anhelar buen juicio y soluciones universales en momentos complicados es como querer ver el lado oculto de la luna. Los seres humanos estamos cargados de taras. El mismo dios Mercurio, el de las sandalias aladas, el patrón de los mensajeros, el encargado de llevar las almas de los muertos al Hades, tenía su lado oscuro. Era el recadero del Olimpo y el inventor de muchas cosas buenas, pero también era un artero y tenía grandes habilidades para los robos, por eso los ladrones le tenían tanta ley. Así que si los dioses estaban cargados de defectos, tampoco conviene confiar tanto en los predicadores de tribunas oficiales, ahora especialmente puestos a sembrar odios, con los que hay que tener mucho cuidado, pues vuelan como las semillas livianas y conquistan parajes muy amplios. Pretendan o no, parece que quieren echar por tierra ese principio básico de que la humanidad evolucionó gracias al acuerdo para socorrerse los unos a los otros. Igual clamamos en vano y, aunque lo pareciesen, los tiempos pasados no fueron distintos, sino que no había un bicho invisible con la ruleta del sorteo de vidas y haciendo un barro en el terreno de las incompetencias. Las mascarillas tapan demasiadas bocas y la gente tiene que tragarse su grito silencioso. Igual se creen héroes en sus lustrosos asientos. Se preguntaba el clásico de qué sirven las hazañas si hay muertos. ¿Qué valor tienen los discursos si su eco acaba silenciado por la desesperación? Si los bárbaros llevasen toga, no serían bárbaros, pero el poder de las instituciones no puede depender de los sastres. Mientras, así seguimos, y andamos perdidos en medio de un bosque de mentiras.

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