Quizá es el destino. El mismo que encrespó los días de Edipo. O quizá el ruido y la furia, pinceladas del maestro Faulkner: una cuestión del azar. Sin embargo la realidad no admite réplica: somos un país fracasado. El fracaso ha instalado su nido en nuestro cabello, sea moño o engominado. Desde el año 2015 España va de mal en peor. Los ciudadanos tenemos buena parte de culpa y nosotros, no como Edipo, estamos forjando día a día y elección tras elección nuestro propio destino. Algunos políticos actuales ya se han situado al borde de la posteridad. Serán recordados de generación en generación, sin duda. Recordados por sus deméritos y, fundamentalmente, por la frustración que han procreado en aquellos que los pagan: ese estandarte al que llaman pueblo. No se pudo haber hecho peor. Desde marzo esto es un continuo sin vivir. Los ves con su tacticismo y sus engaños. Sus juegos de tahúr. Su incapacidad para resolver nuestros problemas, que son los más graves de la historia reciente. Se encontraron la presidenta de la comunidad de Madrid y el presidente del Gobierno de España. La sensación que queda es amarga: la decepción absoluta.
Somos Aleksei Ivanovich, aquel jugador de Dostoievski, y también Raskolnikov. Somos Emma Bovary y Ana Ozores, contemplando nuestros pasos camino de ninguna parte. El tedio, la ofuscación y la rabia nos corren (y corroen) la piel descalza. Nuestros políticos, los de mayor rango, muestran una flojedad intelectual y gestora que produce pasmo. ¿Nos los merecemos? Sí. Los hemos votado. España aún no ha firmado presupuestos y sigue ejecutando aquellos, los de Montoro, que los que ahora gobiernan juzgaban con improperios y descalificaciones. Seguimos cabeza abajo chantajeados por los nacionalistas que van al Parlamento como si fueran a un casino: unos para ganar canonjías para su tierra, otros para hacer saltar la banca.
Hemos fracasado como país, rotundamente. Nosotros, que teníamos la mejor sanidad del mundo, ahora resulta que necesitamos 50.000 médicos. Nosotros, que gozábamos una administración que superaba el federalismo, hemos visto como el estado de las autonomías se ha convertido en una guerrilla entre comunidades y Moncloa. Nosotros, que somos los primeros en lo peor de esta pandemia, ya no cantamos Resistiré en los balcones. Hemos perdido. Somos perdedores de novela pero la novela es nuestra propia vida.
Lo que venga detrás, asusta: ¿conocen los datos de deuda y déficit? ¿el valor del Ibex? ¿el PIB? ¡Cómo no vamos a estar asustados! Abro a Faulkner. Y encuentro subrayados. Me quedo con este: «Un hombre es la suma de sus desdichas». España, ahora mismo, es la suma de sus fracasos.