La primera clase


Es fácil recordar la primera vez. Los nervios, las expectativas, la ilusión, el miedo, la incertidumbre, esa cara a la que te enfrentas por primera vez, la intuición de que parte de ese paisaje humano te acompañará para siempre. Hasta el olor que impregnaba el edificio, en aquellas primeras horas una catedral en la que se iba a oficiar una ceremonia que cambiaría tu vida.

A los ateos nos han faltado ritos en un país de hechuras católicas, pero el primer día de universidad era para los baby-boomers uno de nuestros grandes protocolos de paso, una representación que todos recordamos con una precisión fundacional. Y generacional.

Pero hoy, a toda una camada social se les está hurtando esa frontera. El reconocimiento físico de un antes y un después. Irrumpen en una nueva vida desde el computador. Los compañeros son bits y la universidad, la pared sin fondo de su profesora. A veces con conexiones que tartamudean e imágenes que se descomponen porque el rúter remolonea.

La primera vez solía ser la prueba de que el mundo se abría para ti. La academia pero también los pisos de estudiante, el primer territorio propio, las noches locas, las amigas más allá del barrio, de la ciudad, del país. Y el bar de la facultad, algunos de ellos grandes templos, como el de Periodismo de la Complutense en los ochenta, toneladas de humo en la atmósfera y horas enteras jugando al mus mientras las clases sonaban en el piso de arriba. Eso también era la universidad. Quod natura non dat, Salmantica non praestat. Y sobre todo la convicción de que todo era posible y una cierta certidumbre de libertad. Hoy lo más seguro que tienen es la posibilidad de un nuevo confinamiento y una propuesta de no besarse. Y hasta de no hablar.

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