Messi: deicidio tragicómico


Dios ha muerto, pero surgieron los ídolos, es decir, dioses falsos adorados que fomentan y mantienen la vida comunitaria. Son factores de cohesión social y solidaridad aunque solo sea por momentos. «La sociedad está fundada sobre el culto a los héroes», escribió T. Carlile. Dice Nietzsche: «La humanidad no existe por amor de sí misma sino que el fin está en sus cumbres, en los grandes individuos, en los santos, y los artistas». Ellos son parte de nuestra vida y de nuestros sueños. El pueblo se proyecta y se representa en el ídolo; se admira cuando lo admira, se venera cuando lo venera. Se siente agredido cuando lo agreden, se siente despreciado cuando lo desprecian. El ídolo es un dios reducido a la medida del hombre, haciendo realidad lo que dice Protágoras: «El hombre es la medida de todas las cosas».

 La idolatría es la adoración o el culto tributado a entidades, objetos, imágenes, personas o elementos naturales que se consideran con poder divino. El idólatra no se aleja de dios sino que se acerca a él de manera indebida. Todo lo que tocan los jugadores queda santificado, tocado de la fuerza especial que ellos tienen. Se puede decir que el trato que los modernos dan a los restos y objetos de sus ídolos es el que los cristianos, especialmente los católicos, daban y dan a las reliquias, imágenes y cuerpos de los mártires, confesores y santos. Los hinchas dan más importancia a una camiseta de Messi que los creyentes al brazo incorrupto de Santa Teresa.

La religión no se ha evaporado sino metamorfoseado y su más impresionante transformación quizás sea el fútbol. La vieja teología necesitaba hacer visible a Dios mediante un mecanismo legitimador: el relato bíblico. La religión centrada en Dios y en el sujeto se desplazó hacia un balón y unos personajes que lo manejan y un discurso sobre otro discurso. El fútbol es una máscara que oculta otra realidad de marcado carácter religioso. Esta realidad totalizante ya no se llama Dios sino planeta fútbol, que llena de contenido la razón vacía de la teología negativa.

El fútbol es un deporte, pero para los aficionados es también un rito, con himnos, cánticos, banderas, procesiones. Una vez perdida la confianza en la política y en la religión, solo queda el fútbol, que vendría a ser algo sin sentido en sí mismo que da sentido a la sociedad que no lo tiene.

Solo se puede hablar de religión en un sentido metonímico o por contagio. Por eso logra pasar desapercibida sin que los practicantes se aperciban de que, en el fondo, están practicando una religión ni del poder al que sirven. Lo hace sin acudir a instancias indiscutibles del tipo de dogmas o fundamentos de fe.

El relato futbolístico lo engulle todo. Su lenguaje lo ha contaminado todo aunque se hizo robando a la teología, a la política, a la poesía, a la filosofía, al psicoanálisis. El fútbol introduce condiciones paralelas a la existencia de un sistema social, muy pobre en significado, al cual le permite declararse como totalidad. La religión llevaba a la obediencia a Dios y a sus representantes. La religión nihilista, sin dios, sin creencias, lleva a la obediencia a los dioses del estadio, divinidades impuestas y reveladas que se ofrecen en símbolos exteriores que se declaran por todas partes. Pero sus dioses tienen los pies de barro. La marcha del Barça anunciada por Messi se convirtió en un deicidio para los hinchas que acabó en ridículo. El dios tuvo que someterse al dictamen de los humanos, por dinero.

Por Manuel Mandianes Antropólogo del CSIC y antropólogo

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