Las leyes de la estupidez

Fernando Salgado
Fernando Salgado LA QUILLA

OPINIÓN

Ricardo Rubio - Europa Press

01 sep 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

En un breve y sarcástico ensayo, inicialmente concebido como mero divertimento para solaz de sus amigos, el economista Carlo Cipolla enunció las cinco leyes fundamentales de la estupidez humana. En la tercera -la ley de oro- retrata al espécimen: «Una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio». Y contrapone la especie, que considera más peligrosa y poderosa que la Mafia, el complejo industrial-militar o la Internacional Comunista, a otras tres categorías de personas: los incautos, los inteligentes y los malvados.

En un sistema de coordenadas, situando las ganancias-pérdidas propias en el eje de abscisas (X) y los beneficios-perjuicios causados a los demás en el eje vertical (Y), los estúpidos se apelotonan en el cuadrante inferior de la izquierda, que delimita el reino de la irracionalidad: hacen daño sin beneficio propio o incluso perjudicándose a sí mismos. El cuadrante superior izquierdo lo ocupan lo ocupan los incautos: su conducta beneficia a todos menos a ellos. Tal vez la persona que se sacrifica por su patria o una noble causa, sin obtener nada a cambio, pertenece a esa categoría. En el cuadrante superior derecho figuran los inteligentes: de su conducta se benefician tanto ellos como los demás. Finalmente, en el cuadrante inferior de la derecha habitan los malvados: obtienen ganancias a costa de las pérdidas ajenas. Existe incluso, aunque en escaso número, el malvado perfecto: aquel que gana exactamente lo que el otro pierde, como el ladrón que te birla limpiamente la cartera sin causar daños colaterales.

Cipolla sostiene que, de los cuatro grupos, el más funesto lo integran los estúpidos. Empobrecen a la sociedad -causan pérdidas a todos y a sí mismos- y no existe vacuna ni defensa posible contra su comportamiento errático e imprevisible. Son más perniciosos que los malvados, porque estos, al menos, obtienen una satisfacción particular por los estragos causados. De hecho, si todos fuésemos malvados perfectos, turnándonos en el oficio, la sociedad se mantendría perfectamente estable.

La estupidez se extiende transversalmente por todas las razas, culturas y clases sociales. Es, según la segunda ley fundamental, un gen «independiente de cualquier otra característica de la misma persona». Pero su capacidad de hacer daño al prójimo se ve peligrosamente potenciada por la posición de poder o autoridad que el estúpido ocupe en la sociedad. La estupidez en las élites -Cipolla cita expresamente a burócratas, generales, políticos, prelados y jefes de Estado- resulta especialmente corrosiva. Y no hay antídoto, como queda dicho.

Les propongo el método Cipolla para encuadrar, en el convulso curso que se abre, las actitudes y decisiones de los agentes y partidos políticos. Para observar, sin prejuzgar a nadie, a quienes circulan por el reino de la estupidez que a todos perjudica y a quienes, en provecho de la comunidad y del suyo propio, aún conservan algunas neuronas.