Deshacerse de los adversarios políticos requiere cierto arte. En los países democráticos, conviene quitárselos de encima con sutileza, sin que parezca siquiera que el atacante ha movido el meñique. La fórmula más socorrida consistía en desvelar algún secreto feo: de ordinario, una infidelidad, pero eso ya apenas cuenta. Así que los asuntos feos importantes, los decisivos, los que convierten al otro en un descarte, casi solo tienen que ver con dinero. Esta evolución me parece significativa, un reflejo de los tiempos. Pero al menos, de momento, se mantiene la necesaria sutileza, y no se embarra el campo a patadas, sino desde detrás de una red de identidades falsas que generan noticias insidiosas. Y también esto dice mucho sobre nosotros.

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