El guerracivilismo español es un virus (¿o es un gen?) mucho más peligroso que el covid-19. Porque este desaparecerá y dentro de 20 años quedará de él un mero y desagradable recuerdo, pero el otro da la impresión de que se enquista siglos y siglos, y no resulta fácil destruirlo. Y el guerracivilismo explica con claridad que a un español que pasa en España -o sea, en su país- sus vacaciones con su pareja e hijos menores de edad lo procedente sea importunarlo, o acordarse de sus muertos, o amenazarlo. La única condición para hacer eso es que ese español no sea de los míos, claro. En otras palabras, que no piense como yo, que poseo la verdad absoluta, la solución a todos los males y la explicación al origen del coronavirus ese.
El guerracivilismo es netamente español. No ha traspasado el Miño. Tampoco los Pirineos. En las islas británicas no se conoce, y a un cuadriculado alemán no le hace efecto ni en inyección intravenosa. Ya no hablemos de los nórdicos, claro está.
Y como es español, así se entiende que un vicepresidente del Gobierno y su mujer, ministra, hayan tenido que suspender sus vacaciones en Asturias.
Nadie de mi entorno puede afirmar que derrocho simpatías por las ideas de esos dos ciudadanos que con sus hijos -repito: unos niños muy pequeños- han tenido que volverse a casa ante el miedo a sufrir algún problema por parte de sus propios compatriotas. Por eso mismo, y porque o mucho cambia el mundo o jamás votaré por ellos, los respeto más: porque mi nivel de guerracivilismo está, por suerte, bajo. ¿Y el de usted?