Cuestión de credibilidad


Los españoles nos las arreglamos solos para tirarnos piedras contra nuestro tejado. Y si esto es así secularmente, como lo avala el guerracivilismo que nos caracteriza -estigma que nos acompaña como una maldición-, cómo vamos a ser un país fiable a ojos de los demás. Si nos empeñamos en la división interna sobre temas que afectan realmente a la propia estabilidad institucional y a la esencia de lo que es un estado moderno, democrático y de derecho, cómo vamos a intervenir en la solución de los problemas de otros países. Lo que ha pasado en los últimos tiempos no beneficia en nada a nuestra credibilidad y fiabilidad internacional. Dicho de otra manera, en política exterior y mucho menos en geopolítica estratégica, no somos casi nada. Y así nos perciben nuestros aliados. La fiabilidad se demuestra, sobre todo, en los momentos más comprometidos. Hemos enviado mensajes a la comunidad internacional de que no queremos más que estar a las maduras, pero no a las duras. Y en política internacional, las más de las veces, para obtener peces hay que mojarse. No se puede hacer una tortilla sin romper huevos.

Esta posición tiene consecuencias a corto, medio y largo plazo. Da la sensación de que lo único para lo que nos quieren es para enviar tropas en misiones exteriores. Hoy tenemos 2.800 efectivos en 17 misiones de la ONU, de la UE y de la OTAN que nos cuestan unos 1.300 millones de euros al año. Eso está bien. Pero, ¿realmente España cumple con un papel decisorio en alguna de esas misiones? La respuesta es: no.

Somos aliados de Francia en Mali, Libia y República Centroafricana. Pero el presidente francés ha dado la espalda a España al impedir que formemos parte de la troika europea en sustitución del Reino Unido. Al igual que Alemania. Ellos eligieron a Polonia. Esto significa que no formaremos parte del núcleo duro de decisiones en temas como la nuclearización de Irán, las relaciones UE-Rusia o el conflicto de Israel-Palestina, por poner tres ejemplos. A partir de ahora toca entendernos con Eslovenia o Malta para influir en Europa. De risa.

Y qué decir de nuestro papel en Iberoamérica. Los bandazos que ofrecemos en nuestras relaciones con algunos países de la zona son deplorables. Pese a ser el segundo inversor en ese continente, nuestra influencia política es cada vez más insignificante. Por mucho autobombo que nos den con lo de la «madre patria» y nuestro propio autoengaño. Los asuntos de Venezuela y Bolivia -aún por aclarar- contribuyen a la desconfianza de la OEA, del Grupo de Lima o de los Estados Unidos. Habría que preguntarse por qué coincidiendo con el affaire de Delcy Rodríguez en Barajas el Parlamento de Marruecos aprobó dos leyes que invaden los intereses territoriales de nuestras aguas en Canarias. Es probable que la mano de Estados Unidos esté detrás. Claro que podemos tener la tentación de caer en el engaño -o la ensoñación, palabra que ahora está de moda- de que la culpa no es nuestra sino de los demás. Seguir por ese camino es el suicidio de nuestra política internacional.

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