Entre la espesura ministerial de este Gobierno, donde los mascarones de proa tienen hechuras de la Victoria de Samotracia, asomó hace poco el rostro enjuto y afable de uno de los miembros más discretos y silenciosos: el astronauta.

Lo escuché en una entrevista al hilo de la noticia de haber conseguido una inversión de más de 1.000 millones en nuestra maltrecha I+D+I; sin ninguna estridencia, dando cuenta del logro insólito y el trabajo bien hecho, con la parsimonia ilusionada del amigo que te anuncia que nos vamos de excursión. Entusiasmado, contenido y contento, sin más alharacas que los datos y la esperanza de un futuro bien planificado que alivie nuestra tendencia a poner todos los huevos en la misma cesta de una economía de tapas y carajillos.

Hablando claro del trabajo y los esfuerzos realizados para conseguir un objetivo que no dejó de considerar insuficiente, pero con la lógica aplastante del que conoce bien de lo que habla y lo que se necesita. Un verdadero alivio entre tanta palabrería autocomplaciente.

Lo que más me llamó la atención es que, aun a pesar de la insistencia del entrevistador en llevarlo al pantanoso terreno político, lo esquivó elegantemente: «De política entiendo poco»; y ante la pregunta de qué hacía un tipo como él, aparentemente normal, metido en política, contestó que precisamente por eso, porque si nadie normal se metía en política, esta nunca cambiaría.

Pedro Duque es un astronauta en el firmamento político actual que solo se quita la escafandra para dar el parte de actividades del día y marcharse a su casa a seguir haciendo una vida normal, lejos del puesto de mando y de los corrillos ministeriales. Ahora se ha presentado para dirigir la Agencia Espacial Europea ¿Por qué será que los más normales escapan siempre del circo nacional?

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El astronauta