Rewind


Me desperté cansado y con sueño. Bajé a buscar la basura. Allí estaba, donde la habían dejado los empleados municipales, dentro de los cubos con ruedas. Saqué de ellos la bolsa de plástico y me la traje de vuelta a casa. En la cocina, volví a colocarla cuidadosamente en su cubo, la desaté y la abrí. Entonces me puse a fregar los cacharros, antes de cenar. Cené sin hambre. El hambre, de hecho, me vino justo después de acabar de comer, mientras iba metiendo la pasta y el tomate en la despensa, y el queso de vuelta en la nevera. Entonces fui a ver un rato la tele. En un canal de cine, la película iba desde el desenlace en dirección al comienzo, y los personajes andaban hacia atrás, resucitaban, se desenamoraban, iban a la cárcel por delitos que cometerían más tarde… Y fue entonces cuando me di cuenta de que el tiempo estaba yendo al revés, y que esto no era la realidad sino un ejercicio literario que se desarrollaba exclusivamente en mi cabeza.

Intentaba imaginar un mundo en el que la flecha del tiempo iba en dirección contraria, y resultaba ser un universo paradójico, en el que dormir da sueño, comer da hambre y fregar los platos los deja sucios, más sucios cuanto más tiempo se dedica a la tarea. Escupimos la cerveza en los botellines, les ponemos una chapa y los guardamos. Extraemos cuidadosamente el café de la leche con una cucharilla y lo dejamos en su tarro. El agua no sale del grifo sino del desagüe. En algunas cosas, en cambio, no se nota ninguna diferencia, y uno podría vivir en un mundo así sin darse cuenta: los interruptores de la luz funcionan perfectamente, por ejemplo. En ocasiones resulta incluso útil: un dolor repentino en una mano nos avisa de que es inminente que nos quememos con el aceite de la sartén; si notamos que el pelo se nos va humedeciendo es que vamos a ducharnos en seguida; una mala digestión nos dice que de nuevo nos vamos a pasar con el chorizo picante; y siempre que vamos a la puerta y la abrimos podemos estar seguros de que habrá un mensajero en el descansillo, esperando para que le entreguemos un paquete y darnos una propina. Todas las partidas de ajedrez terminan en tablas, hacer ejercicio nos deja descansados, volvemos con dinero de la compra…

Es especialmente extraño el efecto que esto tiene en la memoria. He intentado leer un libro y a cada página que leía iba olvidando cosas que ya sabía. Sin embargo, he encontrado fácilmente el lugar donde había perdido las llaves por la mañana, porque la flecha del tiempo me condujo directamente hacia ellas. Tenía la vaga sensación de que Pilar me había dicho algo que había olvidado, pero ya sabía que solo tenía que esperar un poco y antes o después se lo oiría decir a ella personalmente, como así fue. De hecho, puedo responder a cualquier pregunta antes de que me la hagan, y no tengo que tomar decisiones porque, a diferencia de cuando el tiempo va hacia adelante, cuando va hacia atrás todo está predeterminado.

De modo que seguí retrocediendo mentalmente. Tenía la curiosidad de saber en qué momento se había producido el cambio en la dirección del tiempo. Hasta que llegué a este instante en el que estoy delante del ordenador portátil, tratando de terminar un artículo. Cada tecla que pulso, desaparece una letra. Llego al título y sigo pulsando: d, n, i, w, e… Y, finalmente, la r. Se oye un claxon. Y entonces, como un nadador que llega al final de la piscina y da la vuelta, la flecha del tiempo gira y todo empieza a transcurrir en su orden: r, e, w, i, n, d… Comienzo a escribir: «Me desperté cansado y con sueño…».

Por Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

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