Rebotes y rebrotes


Era visto, y a nadie debería sorprender, que el repunte de la actividad del virus llegaría tras los quince días de latencia después del desconfinamiento generalizado. La nueva ola ha venido antes porque ha sido antes cuando hemos empezado a hacer vida normal, justo lo que no debíamos hacer. 

Y con los rebrotes han venido los rebotes, se rebotan los que viven del turismo, los turistas, el Gobierno central y los autonómicos, los de la derecha, los de la izquierda, los del ocio nocturno, los sanitarios, los policías, los bares, los clientes... Cada cual proyecta la angustia -convertida en ira- sobre los demás, sobre los jóvenes, sobre Europa, sobre los dirigentes locales, sobre los temporeros, sobre todo lo que hasta antes del advenimiento de la pandemia decoraba nuestra vida normal. Ocurre que nuestra vida normal no es nada normal comparada con la que llevan casi todo el resto de los países civilizados.

Nos llevamos las manos a la cabeza porque los botellones juveniles son incontrolables cuando en ningún país europeo ni en América del Norte está permitido, no ya los jolgorios adolescentes de calimocho y tequila barato, sino simplemente beber en la calle.

¿Cuántas comisiones parlamentarias estatales, autonómicas y locales llevan dándole vueltas a legislar sobre el botellón?

El botellón es un hábito reciente, de poco más de treinta años, cuando los antiguos guateques se convirtieron en botellones, abaratando las edades y el ron.

La expansión de este fenómeno obedece a múltiples factores: el primero es la permisividad frente a estas conductas sociales poco saludables para todos, para los participantes y para los ciudadanos que sufren las consecuencias, tanto de su ejecución como de su rastro de plástico y orines. Sí, de permisividad digo, aunque seguramente muchos me tildarán de facha autoritario, a los que les diré lo que decía, creo que era, Unamuno: «En esto no tengo razón, tengo verdad». Aunque claro, la verdad también es subjetiva, pero que el número de comas etílicos en chavales de menos de 18 años haya crecido exponencialmente estos años, es un dato objetivo que se arrima a la verdad.

Otra razón es que nuestros hábitos de vida festiva propician -más que en cualquier otro sitio- la propagación de la pandemia que nos ataca, y nos va a costar una generación adaptarnos al nuevo medio ambiente; pero el escenario ya se está empezando a desmontar acosado por una ruina económica a la que también nos vamos a tener que adaptar. Más que rebotarse por los rebrotes, deberíamos dedicar nuestra energía a diseñar un nuevo futuro lo más acorde con nuestras costumbres y podar todo aquello que resulta incompatible con esta situación que ha venido para quedarse.

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