Mi verano con los arxinas


Era julio como ahora, pero hace unos cuarenta años. Habían terminado las clases en el instituto y yo empecé a languidecer por la casa, tumbado en el sofá viendo la tele. Esta vida de molicie enseguida llamó la atención de mi padre, que me hizo ver que no podía malgastar de este modo las vacaciones. Le dije que no se me ocurría nada qué hacer. Pero a él sí se le ocurrió algo. Fue así como quedé inmediatamente contratado como ayudante de unos albañiles de Muimenta para una obra que les había encargado mi padre en una finca.

Acababan de poner Capitanes intrépidos de Kipling en la tele, y esto era parecido: la historia del niño rico que se cae de un trasatlántico y, recogido por unos pescadores, tiene que hacerse a la dura vida de los trabajadores del mar. Yo no era tan rico ni me había caído de un trasatlántico -más bien me llevaba mi padre todos los días al tajo en su Renault 12-. Pero me sentía igual de desplazado que el personaje de Freddie Bartholomew en la película. Ahora bien, mi confusión no era nada comparada con la de los albañiles, que ni sabían qué hacer conmigo ni cómo tratar al que en teoría era un aprendiz, pero en la práctica era el hijo del jefe.

El primer día no me dirigieron la palabra más que para ofrecerme una cerveza. El segundo día ayudé a levantar un andamio, y el contraste entre mis manos de estudiante de segundo de piano sin talento y las suyas, hinchadas, agrietadas y encallecidas, me produjo tal vergüenza que las escondí dentro de las mangas -aunque dudo que ellos siquiera se fijasen o les importase-. El tercer día me pusieron a pasarles ladrillos, pero lo hice tan rápido que enseguida me quedé sin cometido, y acabé bajo un roble leyendo una biografía de Igor Stravinski.

Decidí contarles la verdad. O casi. Les dije que ese era mi último día porque al día siguiente tenía que irme a casa de mi abuela. No se lo creyeron, pero no lo dejaron traslucir. Me dijeron que era una pena porque les había ayudado mucho. No me lo creí, pero no lo dejé traslucir. Se habían fijado en mi dialecto al hablar gallego y me preguntaron si era de Meira. Lo eran mis padres, les dije. Buenas fiestas las del Quince, dijo el más joven. Todos concordamos. Les devolví el cumplido: yo conocía las fiestas de Muimenta. Estupendas orquestas. Así fue saliendo del huevo ese frágil pájaro atontado que es una conversación entre extraños. Y acto seguido me invitaron a unirme a ellos. Por primera vez me explicaron lo que hacían, y me dejaron colocar unos ladrillos... Entonces se escuchó el claxon del Renault 12 de mi padre, que llegaba. Ya era tarde para echarme atrás, de modo que me fui a buscar mi libro de Stravinski. Y fue entonces cuando escuché cómo hablaban entre ellos en una lengua extraña. No la entendía, pero sabía perfectamente lo que era: el verbo dos arxinas, el «latín de los canteros».

Resultaba que aquellos hombres no eran albañiles. Solo hacían esos trabajos menores para ganarse la vida. En realidad, eran canteiros, los herederos de la hermandad que levantó catedrales y palacios, del gremio con lengua propia que dejó sus misteriosas marcas cinceladas en lugares recónditos de las iglesias y los palacios de Europa, como muestra de orgullo por el trabajo bien hecho. Al final, los aristócratas eran ellos. Creo que querían que lo supiera antes de marcharme.

Nos despedimos con la torpeza de los tímidos y la economía informativa de los gallegos. «Xa nos veremos nalguha festa dalgún pueblo este vrao…», dijo el más joven, con un fuerte apretón de su enorme mano rugosa. «Seguro que sí», respondí yo. No nos vimos nunca, ni ese verano ni ningún otro. El muro, ahí sigue.

Por Miguel-Anxo Murado Escritor y periodista

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