La resaca de la victoria


Los que se han quedado fuera deben andar ciscándose en la madre del que inventó la democracia, que es un sistema tonto, porque el pueblo no sabe lo que le conviene. Y en eso, si se fijan ustedes, se parecen mucho unos y otros. No sé si los unos, ¡pero los otros qué esperaban si llegaron buscando ojos donde meter el dedo! Y en estas va Feijoo, que a veces, como el infausto rey emérito, quiere hacerse el campechano (dícese de los naturales de Campeche, México), y exclama aquello de que los gallegos votan lo que quieren. Y a mí, claro, se me ocurre imaginar que lo mismo les pasará a los extremeños y a los asturianos. Pero la frase suena a que votan lo que quieren cuando me votan a mí. Ergo si votan al de enfrente no votan lo que quieren, y volvemos a la premisa de los caídos en la contienda: La democracia mola mogollón cuando ganamos nosotros.

Lo cierto es que ganar las elecciones es lo más cercano que hay a ganar los euromillones. Todo el mundo te quiere, te da palmadas en la espalda, te sonríe, y el estado te llena las arcas de dinero. Los miembros del aparato del Partido Popular de Galicia (no confundir con, por ejemplo, el aparato digestivo), van a trabajar en verano, pero sus escapaditas a la playa las harán, con el riñón cubierto, y van a pedir lubina salvaje, como en los años de Fraga, que hoy en boca de Podemos sería «el señor Manuel». Galicia, Galicia, Galicia... en el país de las maravillas.

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